Pero, ¿tienen vergüenza?

Naturalmen­te, el hecho concreto de que ocho de cada diez escuelas públicas no
tengan agua potable, baños decentes con drenaje de aguas negras ni recolección
apropiada de basura, que seis de cada diez carezcan de luz eléctrica o que la
mitad no disponga de mínimo equipamiento como pizarrón, tizas o asientos
apropiados para maestros y alumnos es algo que debería golpearnos duramente
como sociedad.

La vergüenza del Ministro es realmente insignificante frente a
la monstruosa indi­ferencia que mostramos hacia el proceso educativo en el
Paraguay. Y estamos hablando única y exclusivamente de escuelas, colegios y los
pomposamente nominados ?centros regionales? de gestión públi­ca. Sobre esta
?infraes­tructura?, el informe del Banco Interamericano de Desarrollo
denominado ?Suficiencia, equidad y efectividad de la infraes­tructura escolar
en Amé­rica Latina?, expresa en forma contundente que ?en Paraguay? los por­centajes
de estudiantes que asisten a escuelas con muy pocas catego­rías de
infraestructura con nivel suficiente son inaceptablemente al­tos?. ¿Se
entendió, ver­dad? Inaceptablemente altos.

Si revisamos las tablas
encontraremos ejemplos a la inversa. Por ejemplo, Chile, en donde el 88% de los
alumnos asisten a clases en establecimientos con infraestructura y equipamiento
óptimos en todas sus categorías. Ahí está la respuesta de por qué Chile
califica tan alto en índice de desarrollo humano y de calidad de vida, primero
en América Latina en ambas categorías. En términos presupuestarios, en el
Paraguay invertimos en educación US$ 170 per cápita (2015) mientras que ese
mismo año Chile gastó US$ 627, Argentina US$ 711 y Brasil US$ 676.

Si en el Paraguay invirtiéramos el 10% del tiempo que
dilapidamos en discutir imbecilidades como la reelección presidencial -o si los
bo­nos deben o no pasar por el Congreso- en tratar a fondo el abandono criminal
en el que está la educación, tal vez podamos arrancar de una buena vez como
sociedad civilizada. Pero no, preferimos revolcarnos en el mismo barro inútil,
con edificios públicos desbordantes de fun­cionarios absolutamente
innecesarios, mano de obra barata para po­liticastros redomados. Y en esto
somos absolutamente democráticos: viejos carcamanes de la prehistoria partidaria
y partidillos de nuevo cuño, todos se apiñan codo con codo para dragar su
tajada en ese ban­quete de indecentes llamado Presupuesto General de la Nación.

Avergüéncese todo lo que quiera, señor Ministro. Pero
después haga algo concreto, como por ejemplo golpear con fuerza la mesa en al­guna
reunión del gabinete presidencial a ver si alguien más se des­pierta, siente la
misma vergüenza que Ud. y toman todos en serio el presupuesto para Educación. U
olvídense del asunto y sigan discu­tiendo como lelos el único tema que parece
quitarles el sueño. Hasta que otro informe de algún organismo internacional nos
refriegue en la cara la vergüenza de seguir en el fondo de la tabla en
educación pública.

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