Las bases culturales de la deshonestidad paraguaya

Todo aquel que quiera abordar el tema de la des­honestidad en Paraguay, un país que siempre ocupa los primeros puestos de corrupción a nivel inter­nacional, generalmente no encuentra muchos estudios sobre las bases culturales del fenómeno. Según lo expresado por Sebastián Acha, ex diputado nacional y presidente de la Funda­ción Pro Desarrollo Para­guay, existen estudios de rigor científico realizados por Dan Ariely, de la Uni­versidad de Duke, que pue­den echar luz en medio de tanta oscuridad.

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Según Ariely, el ser hu­mano tiende a buscar dos cosas: por un lado, el rol del autoconcepto o cómo el saber popular explica, el ladrón juzga por sí, pero por otro, sacar ventaja de algu­na situación en la que pueda hacerlo, o dicho de manera folclórica nadie quiere ha­cer el papel del ‘‘vyro’’.

En otras palabras, el muy conocido marco autorre­ferencial del paraguayo juega un papel crucial en la expansión de la corrupción y la informalidad que son hijas de la misma madre, la deshonestidad.

En la última crisis econó­mica de EEUU, cuando el pueblo de ese país levantó su voz contra el salvata­je de más de US$ 300 mil millones a las entidades financieras. Por otra parte, el mismo Ariely explica en su estudio que el impac­to de ese rescate sobre la economía es mínimo en comparación a los efectos directos de la deshonesti­dad cotidiana de la gente que en conjunto suman US$ 700 mil millones de dólares en pérdidas. Dicho lo cual y extrapolando al contex­to nacional, Acha refiere al agujero fiscal que todos los años hace la economía subterránea imperante en Paraguay y que, según los resultados arrojados por su estudio, ascienden a unos US$ 11 mil millones, enfa­tizaba.

El paraguayo, a su vez, ca­rece de buenos ejemplos a seguir debido a la escasez de referentes y el rezago de las instituciones que debe­rían fomentar el progreso y la vanguardia. Del mismo modo existen dos clases principales de deshonestos: los grandes como los nar­cotraficantes, contraban­distas, políticos inescru­pulosos y, por otro lado, los pequeños, es decir todos, sí, todos, con las conocidas mentiras blancas o vena­les. Pero todo acto tiene su consecuencia tanto para cada uno como para el bien común. No habrían moto­chorros si es que no hubiera quien compre los celulares u otras mercancías como joyas evidentemente roba­dos continuaba.

También es digno de men­ción que todo acto de des­honestidad conduce a otro. Pablo Escobar, el icónico líder del Cártel de Medellín, empezó como un simple pasero, es decir como al­guien que hacía pasar mer­cancías clandestinamente por la frontera, traficando solamente con drogas so­ciales, como alcohol y taba­co, pero ese fue el principio del terror que más tarde esparciría a toda su nación y al mundo.

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