Las 3 grandes lecciones que enseña el rugby a empresas

Los valores que encierra el deporte ayudan a la organización

Pablo Álamo

@pabloalamo

Todos estos años dedicado a la consultoría me han rea­firmado en algunas convic­ciones. Una de ellas es que uno de los grandes obstá­culos que tienen las empre­sas a la hora de alcanzar sus objetivos es la incapacidad de sus empleados para tra­bajar en equipo.

Tan grave es el problema, en mi experiencia, que cuando las empresas me contactan para desarrollar el talento y potencializar el liderazgo en la organi­zación siempre hago la si­guiente aclaración: ¡hay que hablar menos de liderazgo y más de trabajo en equipo!

Cuando era niño, en casa de mis padres sólo había un televisor, en la sala de estar. En una familia numerosa, esto implicaba muchas ve­ces acabar viendo un canal o programa que no era del mayor gusto. A veces por una cuestión democrática, en otras ocasiones por la autoridad de un hermano mayor, o incluso alguna vez por la sutil “dictadura” fe­menina, el hecho es que en pocas ocasiones podía ver uno de lo que programas que más me gustaba, que era la disputa de un partido de rugby.

Mi conexión con el rugby ha sido y es todo un miste­rio. Nadie en mi familia lo ha jugado o me ha animado a practicarlo, nadie me ha invitado a ir a un estadio y tampoco tuve el ejemplo cercano de alguien que, entre una amplia gana de oferta televisiva, eligiera ver este deporte por enci­ma de las demás opciones. Recuerdo como una bendi­ción, una mezcla de placer y de libertad adolescentes, una de esas pocas tardes de sábado en las que estaba solo en casa y con el mando de la televisión entre mis manos.

Comencé a hacer zapping, hasta que di con un par­tido de rugby memorable: el histórico encuentro del Torneo de las Cinco Na­ciones en Edimburgo, que enfrentó por primera vez en una final a Inglaterra y Escocia, los pioneros de este deporte. Todavía recuerdo la impresión que me dieron esos ver­daderos gladiadores que se comportaban como autén­ticos caballeros. Admirable la potencia, la unidad, el compromiso, el espíritu de sacrificio y de colabora­ción por encima de cual­quier mezquino ego.

Cuando he ayudado a algunas empresas en sus desafíos estraté­gicos y en los retos de desarrollar el talento humano, que es el corazón de la credibi­lidad y por tanto de la sostenibilidad de una organización, recuer­do a veces tres valores que el rugby ostenta de manera natural.

* El talento al servicio del equipo.

En el rugby el indivi­dualismo no sirve para nada o para muy poco. Un detalle “simbólico” de este espíritu está en que, a diferencia de otros deportes, los jugadores no llevan su nombre en la camiseta. En muchos aspectos, un equipo de rugby se parece más a una buena familia: la unidad entre todos es un valor que se cuida casi reli­giosamente hasta el punto de que no se permite a nin­gún ego romperla. Quien se considera indispensa­ble por creerse mejor que el resto, no sirve para un equipo de rugby.

* La importancia de saber aceptar el error.

Es dramático ver en qué se convierten algunas organi­zaciones –y las personas, también- que penalizan el error y que ante él respon­den con críticas, castigos o etiquetas destructivas. Son empresas sin alma, con una identidad falsa, porque no hacen otra cosa que fo­mentar que la gente se ponga “máscaras”.

En pocos deportes como el rugby hay una relación tan respetuosa con el error ajeno, tanto de los jugado­res como de los árbitros, incluso ante decisiones que claramente influyen en el resultado final de manera injusta, como la que cometió Craig Joubert en el Mundial de Inglaterra de 2015, al cobrar un penal que no era en los últimos minutos que permitió ga­nar a Australia un partido que mereció llevarse Es­cocia.

En el espíritu del rugby he visto muchas veces la filosofía de Ri­chard Branson, fundador de Virgin: “Cometa errores y vuelva más fuerte. Los errores te dan la oportu­nidad de recuperarte, de aprender para tomar de­cisiones más inteligentes la siguiente vez”. Nadie es mejor o peor por consumar un fallo pero sí por cómo respondemos ante él.

* Necesidad de de­sarrollar competidores integrales.

En este mundo empresa­rial, que nos sumerge con frecuencia en entornos demasiado competitivos, a veces dudamos de que sea posible ganar respetando los valores.

El rugby nos enseña que la meta es la victoria pero que ésta se alcanza sin perder la dignidad, vi­viendo los valores de la solidaridad y de la inclusión.

El rugby no deja a nadie por fuera, todos tienen un lugar, un valor, una función. No importa tu as­pecto físico, si eres gordo o flaco, alto o bajo, todos tienen una posi­ción y un voto de confianza sin fisu­ras. Además de ser incluyente, el rugby propugna un com­portamiento integral, pues desarrolla en sus jugadores una conciencia clara de los límites, que es la esencia de la ética.

Bien harían las empre­sas en imitar e incul­car este estos valores en sus funcionarios. En mi experiencia, las organizaciones se ponen a un nivel supe­rior cuando, al igual que el rugby, aceptan y valoran las diferencias y logran desarrollar en su gente “competidores integra­les”, esto es, personas que entienden que el triunfo y la derrota son solo instru­mentos para aprender a ser mejores profesionales y no un deseo irremediable o una fatalidad insupera­ble, respectivamente, que hay que perseguir o evitar a cualquier precio.

El competidor integral, que veo de manera natural en los jugadores de rugby, vive la competencia como una verdadera vocación, con una confianza natural de estar en el lugar co­rrecto y con las personas adecuadas. Las empresas que logran este espíritu en sus equipos, que es mucho más que comunicar el ma­nido slogan de “ponerse la camiseta”, logran una energía tremendamente productiva.

Si todos trabajamos uni­dos y nos dejamos la piel en la cancha por los de­más, no sólo ya se ha ga­nado sino que, además, a un equipo así no hay meta futura que le pueda quedar grande.

Potencia, velocidad y sacrificio: tres palabras mágicas del rugby que veo también en los equipos de alto rendimiento de las empresas más exitosas.

ELECCIÓN

Respecto a estos puntos 5días conversó con Santia­go Báez, jugador de Rugby, quién resaltó que eligió jugar este deporte, porque “a diferencia de otros de­portes, el rugby es inclusi­vo, todos pueden jugar, ya sean gorditos, altos o ba­jos, porque cada uno tiene su lugar”, coincidiendo así con lo que comentó Pablo Álamo.

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