Crecida del río: la liturgia se repite

Si en algo somos puntuales en el Paraguay es en la repetición sistemática de lo predecible y evitable.  Las crecidas estacionales de los ríos se anotan entre esos temas recurrentes que cíclicamente ocupan tiempo útil, consumen recursos siempre limitados y causan trastornos diversos en la vida de las ciudades, en especial, de Asunción y conurbano. De pronto, sin que nadie la viera venir, tenemos de nuevo gente mudándose con toda su impedimenta, ocupando plazas y avenidas y demandando a gritos ayuda del Gobierno, de la Municipalidad, de las organizaciones no gubernamentales y sigan contando. De nuevo el fenómeno se da a las puertas de una elección general, que es cuando los candidatos empiezan a merodear por pelotones y por brigadas entre los barrios y las zonas carenciadas y vulnerables en busca del voto fácil. Una inundación, en términos de marketing político, es una ganga, sobre todo para los postulantes oficialistas, porque disponen a sus anchas de las chapas y los kits de alimentos de la Secretaría de Emergencia, de los vehículos del Estado para hacer traslados y de órdenes de reubicación en terrenos de dominio público o simplemente, espacios de uso comunitario. Así que, allá van los preocupados candidatos, prometiendo lo que ya está disponible y repartiendo lo que no les pertenece porque ya está asignado en el Presupuesto General de la Nación para casos de emergencia social. Una vez más los noticieros del suceso fácil harán su cosecha de entrevistas al borde del agua, recogiendo historias conmovedoras ricas en niños jugando en un ambiente insalubre frecuentado por perros y sitiado por basurales que exudan su lixiviado en todas direcciones. Y una vez más, y para completar este clásico de la vida cotidiana paraguaya, los vecinos de 20 o 30 años de residencia del barrio convertido una vez más en campamento de refugiados, se quejarán de la invasión de veredas y paseos, de los ruidos molestos, de las montañas de basura, de las riñas de borrachines después de algún truco al gasto de madrugada y de los inevitables saqueos y robos domiciliarios perpetrados al calor del hacinamiento y la súbita superpoblación. Realmente, aburridor pero real.

Desde don Félix de Azara en el siglo XVIII hasta el más inepto intendente o gobernante de nuestros días, se sabe con exactitud por dónde se desborda el rio Paraguay, cuánto tiene que subir para llegar a cuáles cotas inundables y hasta que alturas –o bajíos- la ribera es habitable. Aún así, generación tras generación de políticos oportunistas conducen a miles de paraguayos, como Moisés al pueblo judío, hacia las márgenes inhabitables del rio Paraguay para clavarlos y mantenerlos allí como electorado cautivo prometiéndoles reubicaciones que jamás llegan. Basta una simple subida estacional, o algunas lluvias extraordinarias, para que la gente esté de nuevo con el agua al cuello y lista una vez más para la liturgia del asistencialismo de coyuntura a costa del dinero público. Todos hacen su negocio: los “inundados” recibiendo prebendas de estación, los vendedores de chapas de fibrocemento, madera terciada y plástico colocando sus stocks y los políticos cosechando votos… aunque esto nunca pueden tenerlo seguro dada la extrema volatilidad de su electorado siempre dispuesto a irse con el mejor postor. Esta industria es real, existe desde hace décadas, nos avergüenza como sociedad y no parece que los eternos heraldos de la “nueva política” quieran acabar con ella. Por inepcia, conveniencia o simple desinterés, la liturgia de las crecidas estacionales sigue su ruta como si fuera el primer día.


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