La juventud y los antivalores

Opinión -Héctor Sosa Gennaro

No existe ninguna duda de que la esperanza de toda so­ciedad está depositada en la juventud, en la cual se debe invertir para ver sus frutos. Este concepto tiene un alcan­ce muy importante, puesto que constituye una responsa­bilidad para los mayores, que debemos dar el ejemplo, y se supone que somos los contra­lores y los encargados de crear las infraestructura adecuada para el desarrollo de las nue­vas generaciones. Los jóvenes insisten permanentemente en los ideales de la libertad, pero es necesaria una madu­rez importante y experiencia de vida, para que esa libertad no se convierta en libertinaje, que es extremadamente no­civo no solo para los jóvenes sino para la sociedad. En días pasados se realizó la apertura de temporada en la Ciudad de San Bernardino, y por supues­to la habilitación de las distin­tas discotecas, pero lejos de constituirse en un lugar de “esparcimiento y distracción de la juventud”, se pudo ver en horas de la madrugada es­cenas muy cercanas a las pelí­culas de Hollywood, en donde jóvenes totalmente alcoho­lizados protagonizaban todo tipo de comportamientos, que constituían un grave riesgo para todos. Como siempre y lastimosamente, va a tener que ocurrir algo grave, para tomar las medidas del caso.

La facilidad de acceso a todo que tiene la juventud, como la violencia, las drogas y el ocio, en algunos casos, son facto­res que el consumismo actual se ha encargado de hacer que se minimice la percepción de riesgo que implican. Es importante entender que en todas las épocas se ha teni­do que lidiar con situaciones generalmente asociadas a fenómenos socioculturales, económico-políticos y am­bientales, que son afines y que influencian notoriamente en el comportamiento de los jóvenes. La difusión de los an­tivalores, que deshumanizan y degradan a la humanidad, y crean a su vez una situación vulnerable en los jóvenes que manifiestan estos comporta­mientos, son a su vez cuestio­nes que fomentan la violen­cia, muchas veces apoyados por sus propios padres que ceden ante la presión de sus hijos ante situaciones que en nada benefician a los mismos.

Definitivamente el sistema de respeto y de principios incul­cados por nuestros mayores han quedado en el ostracismo, imponiéndose el pensamien­to de libertad en jóvenes que apenas se inician en las rea­lidades de la vida. A propósito de la formación integral de los muchachos, ha sorprendido a la ciudadanía toda el informe del Sistema Nacional de Eva­luación del Proceso Educativo (Snepe), en el que se llega a la grave conclusión de que el estudiante “no logra inter­pretar los textos que lee”, y que el 90% de los alumnos “no alcanza el nivel acadé­mico óptimo”. Esta situación que pone al descubierto la deficiencia de nuestro siste­ma educativo que perjudica a toda una generación de jóve­nes, condenados a un apren­dizaje deficiente, producto de las pésimas calificaciones de los docentes. Otro punto muy importante que se ha ol­vidado en la formación de los jóvenes, de trascendente im­portancia para su desarrollo, es la falta de educación cívi­ca en los centros educativos. Es imposible esperar que los muchachos puedan insertar­se en el sistema democrático, sin ningún conocimiento de la estructura del Estado, del sis­tema jurídico, del equilibrio de poderes y de las funciones de los Poderes del Estado.

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