De nuevo la estupidez virtuosa

Por Cristian Nielsen

La estupidez humana siempre lucha por abrirse paso. Unas veces lo hace abiertamente y otras mimetizándose. Una de sus peores formas es la de estupidez virtuosa.  Esta variedad ha reaparecido de la mano de los panegiristas del servicio militar obligatorio. “Últimamente los jóvenes se han descompuesto bastante” filosofaba una diputada que esperemos no revalide su título el próximo domingo, magnífico ejemplar de esa especie que cree que el cuartel sustituye a familias en conflicto. Como si un cabo furriel pudiera suplir la función de las madres y abuelas que han criado a generaciones de paraguayos.  Arrancar al joven de su medio y distraerlo con idioteces en el momento clave en que está por terminar la secundaria y seguir una carrera superior, técnica o vocacional, o insertarse en el mercado laboral, es la sublimación del pensamiento idiota con rango constitucional. Los principios más depurados que se llevará el reclutón de sus meses de “servicio” podrían resumirse en aquella máxima aristoteliana de que “todo lo que está quieto se pinta y todo lo que se mueve se saluda”. Si hay jóvenes que encuentran en la milicia refugio y contención, bien por ellos. Pero la enorme mayoría no necesita ese salvavidas porque viene de hogares bien constituidos y está a la búsqueda de oportunidades en un mundo competitivo.

Nada más lejos de los alaridos de un sargento de instrucción.

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