La mancha maldita

Dos ex presidentes tocados por la corrupción.

Por Cristian Nielsen

Lula tiró la toalla. Agobiado por todas las instancias de confirmación de su sentencia a doce años, Luiz Inacio DaSilva, dos veces presidente del Brasil, debió resignar su aspiración a un tercer mandato al caer bajo el imperio de la ley de “ficha limpia” que cancela su derecho de elegibilidad.

Lula quedó envuelto, como decenas de políticos brasileños, en el pantano creado por casos como el “mensalao” (legisladores corruptos), el “petrolao” (el fenomenal saqueo de Petrobras), el “lavajato” (lavado de activos) y sobre todo, el escándalo Odebrecht, la ubicua compañía constructora con operaciones corruptas en todo el continente.

Cada uno de estos casos fue un clavo en su ataúd político. De nada le sirvió a Lula haber sacado de la pobreza a más de 30 millones de brasileños, bajado el de­sempleo a índices menores que en EE.UU. o Alemania y dinamizado la economía a tasas sostenidas. Argumentos contun­dentes, pero que, literalmente, no venían al caso. Nunca como antes fue tan cierto aquello de “tem razao mais fica preso”.

Un panorama similar, aunque no tan terminal, planea sobre otro ex presidente sudamericano, Cristina Fernández. Con dos mandatos cumplidos en 2015, aspira a un tercero en 2019 pese a tener acumuladas en la justicia seis causas por los delitos de administración infiel, asociación ilícita, lavado de activos, manipulación de licitaciones públicas, encubrimiento en el caso atentado a la AMIA y pago y cobro de sobornos.

Recientes encuestas la dan ganadora en comicios presidenciales -según sea la consultora- con un 36 a 41% de intención de voto en primera vuelta. Al revés de Lula, Cristina redobla la apuesta ante cada encerrona judicial y se muestra desafiante.

En la calle, sus seguidores más fanáticos proclaman: “…si la tocan a Cristina, que quilombo se va a armar…”. ¿Será?

También podría gustarte