Las cuatro “c” de tu inversión

Por Tephanie Hoeckle
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Hace unos meses decidí bajar una aplicación para registrar mis gastos e ingresos, con la intención de tener un mejor manejo de mis finanzas personales desde mi celular. Es de mucha utilidad, ya que me permite contar con un balance mensual y ver exactamente en qué invierto mi dinero. Me gusta utilizar la palabra invertir para hablar de lo que hago con mis ingresos. Por lo general, las cuotas del colegio de los chicos, sus clases de teatro, la escuelita de fútbol y los tratamientos de ortodoncia los traducimos como gastos, aunque también pueden ser vistos como inversiones en el bienestar familiar.

Ahora bien, ¿cuánto de eso es una inversión en mí misma? Los porcentajes son bastante bajos. Es algo que nos pasa con mayor frecuencia a quienes somos madres: priorizamos cosas para nuestros hijos y la familia antes que para nosotras. Y no me refiero solo a lo material, con el uso del tiempo nos pasa lo mismo. El trabajo, las actividades de nuestros chicos y la administración de la casa (que seguimos gestionando más nosotras que ellos) nos dejan exhaustas y con esa extraña sensación de no haber hecho nada en el día.

Invertir en una misma puede que suene algo egoísta para muchas de nosotras, pero no se trata de olvidarnos por completo del resto del mundo sino de encontrar un sano equilibrio, anteponiendo lo que es realmente importante o significativo en nuestras vidas. De la misma manera que analizamos los riesgos, los beneficios y la rentabilidad cuando decidimos hacer una inversión —como comprar una casa o armar un negocio— así también tenemos que plantearnos invertir en nosotras mismas y dimensionar el retorno que eso nos deparará. Una casa se puede vender, el negocio se puede cambiar… pero nosotras no, así que lo mejor será ocuparnos de ese recurso invariable que todas tenemos: una misma.

¿Cómo y en qué invertir? Hoy se habla de las cuatro “c”:

– Capacitarse: A quienes terminamos hace años nuestras carreras y ya contamos con una experiencia profesional, a veces nos cuesta pensar en estudiar algo más. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a numerosos cambios en la forma de negociar y de comunicarnos para los cuales tenemos que estar preparadas. Adquirir conocimientos no siempre quiere decir hacer una maestría o algo que requiera de una inversión importante de tiempo y dinero. Lo ideal es aprender algo que necesitemos incorporar inmediatamente a nuestro trabajo y aprovechar facilidades como las que hoy brindan los cursos online o a distancia. Un idioma, en especial el inglés, también es clave. Y, no hagas caso a la idea de que estás grande para estudiar. Ya lo dice el refrán: “Nunca es tarde si la dicha es buena”.

– Cuidarse: ¿Cumplimos en hacernos los chequeos médicos cada año? ¿Qué comemos en el trabajo y en la casa? ¿Podemos dedicarnos al menos tres veces por semana a hacer actividad física o algún deporte? ¿Dormimos lo suficiente? ¿Qué hacemos para combatir el estrés? Tan valioso como el tiempo es nuestra salud física y mental. Todas sabemos eso, pero no siempre le damos importancia hasta que nos enfermamos. Invertir diariamente en actividades que nos ayuden a estar bien se vuelven un imperativo, porque la salud es la base para poder seguir adelante con todos los proyectos personales y profesionales. Ese hobbie que tenemos postergado hace años también puede ser otra oportunidad de inversión.

– Círculo de amigos: Son uno de los pilares de nuestra vida. Estar con ellos es, para mí, la mejor terapia. Poder contar con un vínculo de confianza, sentirme contenida, escuchada y valorada no tiene precio, por lo que darnos el tiempo para tener y conservar a los buenos amigos es una de las mejores inversiones que podemos hacer. Ampliar nuestro círculo de amigos, conociendo a otras personas, contactando con antiguas amistades, haciendo networking y compartiendo nuevas experiencias también nos enriquece.

– Conectarse con una misma: Años atrás encontré a una amiga, empresaria y madre de tres niños, en la mesa más escondida de una cafetería. Parecía absorta en sus pensamientos mientras tomaba un café. Me acerqué a saludarla y a cerciorarme de que estuviera bien, porque la veía tan sola. “Perfecta —me dijo con una sonrisa de oreja a oreja— estoy en mi exclusiva media hora con mi café”. Ahí me enteré de que es un ritual que ella cumple rigurosamente todos los días después de almorzar. Un escape personal, treinta minutos en los que ni siquiera el celular se permite: “Aunque me llame Bradley Cooper”, me recalcó. Así fue como aprendí esta lección: un momento de conexión con una misma puede ser tan simple como una tacita de café. No esperemos a tener el dinero suficiente para ir a un spa, hacer la clase de aeroyoga o ese viaje soñado a la Polinesia, las inversiones para un disfrute, así sea pequeño, muchas veces resultan más sencillas y económicas de lo que pensamos. El secreto es generarlas.

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