El chaco, muy lejos del apocalipsis

El modelo que está imponiéndose es el de combinar agricultura, ganadería y forestería en lo que se conoce como agroganadería silvopastoril.

Sería interesante que quienes están tocando a rebato en defensa del Chaco documentaran con estudios serios por qué hablan de “defores­tación salvaje” o de “de­sertificación”. Exponer la cantidad de hectáreas de monte que son convertidas en tierra de pastoreo o de agricultu­ra no alcanza. Tampoco es suficiente separar -y son muy pocos lo que lo hacen- conceptos como cambio de uso del suelo y deforestación.

La ley que reglamenta el uso de la tierra chaqueña obliga a conservar 25% de cobertura boscosa en una finca a ser trabajada más otro 15% largo entre franjas de protección de paleocauces, cañadones y demás fuentes de agua. Quienes trabajan en ganadería o agricul­tura en aquel “infierno verde” saben cómo ha­cer sostenible la produc­ción y conocen de sobra el valor de las líneas de monte para romper vientos y guarecer el ganado contra tempe­raturas de 45 grados en verano o de heladas en el invierno.

Los produc­tores que en los últimos diez años han puesto en marcha la cadena de la soja, integrada por la oleaginosa, el maíz y los forrajes de cobertura y protección entre ciclos, jamás cometerían el error de “pelar la tierra” porque con ello se iría la escasa humedad del suelo que no les serviría ni para cultivos ni para ganado.

Incluso los piratas que van tras la especulación inmobilia­ria saben que arrasar los montes sólo les dejaría el clavo de tierras sin valor de reventa en el mercado. Dos más dos siempre es cuatro, aún en el Chaco. El modelo que está empezando a imponerse es el de combinar agricultura, ganadería y forestería en lo que se conoce como agroganadería silvo­pastoril, lo más lejano que se pueda imaginar de un desierto yermo e improductivo. Cuestión de darse una vueltecita por allí para hablar con propiedad. El lenguaje apocalíptico poco ayuda a esclarecer las cosas.

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