La batalla perdida de las aguas negras

Un par de curas y media docena de activistas sociales “asistidos” por el infaltable combo de políticos oportunistas pueden pararlo todo.

Tirar agua cloacal sin tratamiento a los ríos y arroyos o infiltrarla hacia las napas freáticas mediante pozos resumi­deros es la consagración del atraso. Algo que no sólo nos estigmatiza como sociedad sino que además nos mantiene en absoluta precariedad en cuanto a condiciones de sanidad medioam­biental.

Ya es harto sabido que el acuífero Patiño, que yace bajo la mancha urbana del gran Asunción, padece un creciente grado de contaminación en gran parte debido a esta práctica medieval de enterrar aguas servi­das o hacerla correr a lo largo de los cauces superficiales. Asunción debe ser la única capital continental con tan baja tasa de cobertura de alcantarillado sanitario, obras que gobierno tras gobierno fueron patean­do hacia adelante, aun disponiendo de financia­ción e incluso proyectos aprobados.

Son sistemas complejos, que requie­ren grandes inversio­nes y mantenimiento constante. Y ya se sabe que a los políticos los pone nerviosos tener que enterrar inversiones que nadie ve, cuyo valor se subordina a evalua­ciones ambientales y, por si fuera poco, no fotografían muy bien para el marketing. Tal vez por eso la planta de tratamiento de efluentes cloacales de Bella Vista, en Bañado Norte, aún no haya empezado mientras la de Varadero, hacia el centro histórico capita­lino, sigue en la niebla.

Son US$ 50 millones en obras pensadas para ser­vir a más de 1.500.000 habitantes y que esperan en el limbo, siempre sujetas a interdictos sociales o políticos de última hora. ¿Que son de interés público inme­diato e impostergable? Y a quien impresiona eso en el Paraguay en donde un par de curas y media docena de activistas sociales “asistidos” por el infaltable combo de políticos oportunistas pueden pararlo todo. Un cóctel letal para la salud pública y la higiene ambiental.

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