El otro Chaco

Lo que pueden el trabajo y la perseverancia

Por Cristian Nielsen

Mi primer viaje al Chaco data de 1973. Lo hice con mi amigo Alberto Luder, fotógrafo, en su escarabajo blanco. Por entonces, la Transchaco estaba asfaltada sólo hasta Villa Hayes. Luego, tierra, un tajo hasta el infinito en un monte interminable. Llegamos al Hito IV Sargento Rodríguez y volvimos, llenos de barro y con muchas historias que contar en La Tribuna, en donde ambos trabajábamos.

En aquellos días, las colonias menonitas, las comunidades indígenas, los militares, los ganaderos y algunas misiones religiosas eran los protagonistas del día a día en aquel vasto territorio mayormente desierto.

Cuarenta y seis años y numerosas visitas después, hice otro viaje, esta vez por in­vitación de Egon Neufeld, alto referente de las colonias del Chaco central. Por gentileza de mi anfitrión, volamos de Filadelfia a Bahía Negra y de allí, sin escalas, hacia Agua Dulce en cuyas proximidades tiene su estancia. Mi asombro no tuvo límites.

Un vuelo sereno y una atmósfera transparente me permitieron ver el increíble desarrollo del Chaco norte. Uno tras otro desfilaban los establecimientos, subdivididos en parcelas de 100 hectáreas protegidas por una apretada malla de franjas boscosas.

Se veían también lenguas de vegetación en trazos irregulares. “Cobertura de paleocau­ces –me instruía Neufeld-. Pero fíjese en esas parcelas. Están abandonadas, sin trabajo. El monte está empezando a cubrirlas”.

En unos años más ni se notará que fueron deforestadas, supuse. Pero lo que más se sorprendió fue la abun­dancia de reservorios de agua.

Enormes tajamares con tanques austra­lianos que, según supe después, llevan agua a los potreros de ganado mediante kilómetros de cañerías. En algunos de esos establecimientos ya están sembrando soja, maíz, sorgo, trigo y forrajeras. Otro Chaco, producto del trabajo y la perseverancia.

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