No entendieron nada

Cuando los convencionales sancionaron la Constitución de 1992, quedó claro que a partir de entonces el Estado paraguayo es no confesional.

Cuando los convencio­nales sancionaron la Constitución de 1992, quedó claro que a partir de entonces el Estado para­guayo es no confesional.

Es cierto que en el preámbulo se “invoca a Dios” aunque más bien como una rémora de viejos esquemas medie­vales cuando Iglesia y Estado se confundían en una sola entidad.

Pero esos días han pasado y hoy los recintos públicos debieran estar dedica­dos con exclusividad al cumplimiento de sus competencias específicas. En ellos no tienen cabida pertenencias políticas, in­tereses particulares o con­fesiones de cualquier tipo. El mundo ideal, se dirá.

Y la verdad es que vien­do el comportamiento cavernícola de algunas personas que debieran ser servidores públicos, es fácil pensar que ese mundo está muy distante. Tenemos que soportar, en estos días, el accionar de charlatanes de feria, qui­románticos y predicadores atrabiliarios introducidos de prepo al recinto del Senado para descargar allí sus encendidos discursos sólo atendibles por audien­cias bobaliconas y estultas.

El Congreso, ni cualquier otra oficina del Estado son sitios de oración o escenario para las chifla­duras de “terraplanistas”, sí, que sostienen que la tierra es plana y no esférica. Hay que carecer por completo de sentido del valor del tiempo para derrocharlo en cretina­das de esa naturaleza.

Quienes sientan devoción por alguna divinidad, que se levanten tempra­no, vayan a la iglesia, la sinagoga o la mezquita y rindan allí su culto.

En las oficinas del Estado se trabaja, o al menos, eso es lo que se debería hacer. Y si quieren escuchar a algún trastornado ponien­do patas arriba lo que la ciencia ha probado hace ya siglos –por ejemplo, la ley de la gravedad- que se hagan de un tiempito por la noche y recorran los cenáculos de la idiotez y el extravío. Abundan.

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