El carácter aleatorio del contrato de seguro

Guillermo Fronciani
Abogado

 

Escuchamos con frecuencia la aseveración “es mejor tener un seguro y no usarlo”. Esto más allá de la apreciación, parece generar “una ventaja” para el asegurador cuando no es utilizado el seguro. Sin embargo deviene de su característica de “contrato aleatorio”. La palabra alea proviene del latín “suerte”, de ahí el termino aleatorio. El contrato de tipo aleatorio representa la supeditación voluntaria de las partes al designio o a la suerte de un hecho futuro. Por ello, en este caso, alea es sinónimo de riesgo.

El contrato de seguro es por su naturaleza “aleatorio”. Es que si el siniestro no se produce, el asegurado, al extinguirse la póliza, habrá pagado la prima inútilmente, Pero en contrapartida, el asegurado que sufra un siniestro percibirá una contraprestación o indemnización en virtud del contrato de donde, podemos concluir, que lo que es ganancia para uno, es perdida para el otro, por lo que es imposible que un contrato sea aleatorio para una de las partes sin serlo para la otra.

El contrato de seguro es pues claramente aleatorio en cuanto que, por definición, la obligación de la aseguradora transcurre en “…indemnizar un daño causado por un acontecimiento incierto, o a suministrar una prestación al producirse un evento relacionada con la vida humana…” (Art. 1546 del Código Civil). En contrapartida, “…el contrato de seguro es nulo si al tiempo de su celebración el siniestro se hubiere producido o desparecido el riesgo…” (1er, párrafo del Art. 1547 del Código Civil). Es claro que el fundamento del contrato es amparar un riesgo futuro e incierto.

Pero, no se reduce solo a que sus efectos “dependan de un acontecimiento incierto”, sino es también indispensable que tales efectos sean “ventajas o perdidas” para ambas partes o una de ellas, y desde este punto de vista en el contrato de seguro, tal como hoy se realiza, no surgen ventajas ni perdidas, sino simplemente obligaciones que son puras y firmes para el asegurado (pago de la prima) y que son condicionales para el asegurador (indemnización, en el caso del seguro de los seguros patrimoniales, o pago de la suma asegurada, en los seguros de vida).

Así pues, ni el asegurado pierde o gana, ni ocurre lo propio al asegurador. Sobre todo en los seguros patrimoniales es más evidente esta circunstancia, dado que el hecho del siniestro no puede dar lugar a ganancias y solo hace exigible la reparación del daño sufrido por el hecho; y en cuanto al asegurador, también el ánimo con que se realiza el contrato, no es el de una ganancia que dependa del hecho singular, futuro o incierto, sino de la explotación de la empresa, calculada para que, con el conjunto de primas pagadas por los asegurados, se forme un caudal suficiente para el pago de los siniestros que ocurran.

No hay, pues, ni ventaja ni perdida para ninguna de las partes. El contrato de seguro es pues aleatorio porque del hecho futuro dependerá que el asegurador pague o no la indemnización. Esta es tan solo una de las obligaciones que surgen del contrato y que tiene claramente establecida por el código civil su calificación: es la obligación condicional. Pero no es el contrato lo que depende del acontecimiento incierto, sino sólo las ventajas o pérdidas que una o ambas partes esperan derivar de él, estas ganancias quedan sometidas a la eventualidad de ese acontecimiento y por eso son inciertas y no pueden ser apreciadas por las partes al tiempo de la celebración del contrato.

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