Payus maximus

 

 

En Paraguay confundimos a la estabilidad con el inmovilismo. Más de doscientos años de un ethos cultural muy primitivo que promueve la “avivada” por sobre el respeto a la ley y el esfuerzo, fue creando una pirámide social en la que unos pocos llevan vidas privilegiadas a costa del contribuyente.

Este fenómeno fue acumulando atraso en el país y resentimiento en una parte importante de la población como si se tratara de un forúnculo que está a punto de explotar y, de ocurrir, el pus nos va a salpicar a todos.

Payo Cubas es la manifestación violenta de una democracia en crisis. La gente está harta de ser expoliada y ve en él una especie de “vengador” que puede insultar a aquellos responsables de sus vidas miserables, ya que el ciudadano promedio no tiene acceso a ellos o no se anima a hacerlo.

Nuestros partidos políticos principales están absolutamente desprestigiados y eso deja abierta la puerta a experimentos suicidas, en una nación que tiene en el ADN la ilusión de un mesías al que es necesario darle poder ilimitado para borrar nuestros problemas. Éste y varios otros países ya probaron esa fórmula, y los resultados fueron siempre lamentables.

Como republicano convencido, creo que, a pesar de sus imperfecciones, el sistema de partidos es fundamental para garantizar que nuestra democracia sobreviva. No se trata de eliminarlos, sino de purgarlos, de modo que toda su escoria indeseable sea barrida por una nueva generación de políticos y funcionarios.

El problema es que, mientras sigan ganando elecciones usando un esquema prebendario de poder, no tendrán ningún estímulo para depurarse: la mayoría se queja de ellos, pero es esa misma mayoría la que termina votándolos siempre.

Si no se revierte el “humor social” que grita frustración respecto de la actualidad y las perspectivas de futuro del país, esos mismos líderes partidarios incapaces de aplicar políticas que nos hagan vivir mejor, van a terminar pagando el costo de ser reemplazados por algún populista que, lejos de ser la solución, podría terminar siendo el golpe final a una República agonizante.

No hay dudas de que aquellos que nos gobiernan necesitan dar un giro radical al rumbo del país y empezar a poner el foco en el desarrollo porque el canto de sirenas de nuestro “espectacular crecimiento” se va apagando y ya no satisface ni convence.

Se percibe claramente que estamos en un momento bisagra de nuestra evolución democrática: o salimos fortalecidos de esta crisis de representatividad o aceptamos nuestra mediocridad eterna.

Payo es una alerta, no por él -que estoy convencido no aspira a otro cargo fuera del Congreso- sino porque es la rabia, la desesperanza, el hartazgo y la tristeza silenciada de una mayoría que siente que no tiene nada que perder y, por lo tanto, está dispuesta a perdonarle cualquier cosa a quien se diferencie o se enfrente a nuestra clase gobernante. Ese alguien puede ser Cubas o cualquier otro que logre sintonizar con ese descontento. Lo que pueda venir después, es un salto al vacío.

De hecho, nuestro país podría ser tierra fértil para el surgimiento de otro emperador bananero como otros que ya asolaron nuestra América Latina. A éste podríamos llamarle, por qué no, PAYUS MAXIMUS.

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