Ser comensal… o estar en el menú

La función pública en el Paraguay está llena de clanes delictivos cuyas raíces infecciosas se expanden a enclaves privados.

En la tercera entrega de El Padrino, ese fresco cinematográfico iniguala­ble, un antiguo integrante de la familia Corleone es llevado ante una comi­sión del Congreso para que revele vida y milagros del clan mafioso. Cuando el convocado se dispone a hacerlo, ve que unas filas más atrás, entre el público, está sentado un hermano suyo, recién traído de Sicilia. En el lenguaje de la mafia, eso significa: “Hablás y tu familia paga”. Así se compra el silencio y la complicidad en el mundo del crimen organizado.

Algo similar ocurre en el universo del latrocinio institucionalizado. Una voz parecida se oyó hace poco en el Senado cuando cierto funcionario cuya remoción se busca ame­nazó con difundir la que él considera la “verdadera causa” de su persecución.

No es la primera vez, ni será la última, que algún capitoste encumbrado y tachonado de cargos por corrupción, usa el chantaje como arma de defensa. El principio que gobierna esta conducta es muy simple. Ciertos niveles de la función pública por los cuales corre a raudales el dinero sucio son regidos por un código mafioso muy estricto que, bru­talmente descrito, sería algo así: “¿Qué preferís? ¿Ser comensal o estar en el menú?”. Es decir, comer… o que te coman.

El que entra al mundo de la corrupción debe saber que de allí no se sale entero. El precio de llevar una vida rumbosa, llena de exhibicionismos y gastos que no cuadran con su sueldo de planilla es la lealtad al clan. Y la función pública en el Paraguay está llena de clanes delictivos cuyas raíces infecciosas se expanden a enclaves privados, tanto que los unos no podrían vivir sin los otros. La única garantía de intangibi­lidad y continuidad de estas roscas mafiosas es el silencio, socio mayor de la complicidad y padre putativo de la impunidad

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