Las mil y una muertes del caballo

…y otras tantas resurrecciones.

Sin ir más lejos
CRISTIAN NIELSEN

El joven se llama Jan Lukas, tiene 16 años y deslumbró en un concurso mundial de lo que en inglés se denomina “reining”, en castellano doma vaquera y que define una disciplina protagonizada por jinetes capaces de manejar caballos a rienda y destreza.

No faltará quien diga que esta es una categoría de burgueses adinerados capaces de comprar carísimos purasangres. Pero no estoy hablando de esa equitación de números circenses o de competencias de hipódromos, que también tienen su valor y su belleza. Me refiero más bien a ese personaje “de a caballo” que puebla el campo y sin cuyo trabajo sería imposible, aún hoy, mane­jar el creciente hato bovino en el Paraguay.

En algunos países ganaderos ya se usa el drone, el cuatriciclo y hasta el heli­cóptero en la cría de ganado a pasto y pradera. La irrupción de estos artefactos ha hecho cantar, una vez más, la muerte del caballo en las tareas rurales.

Nada más lejos de la realidad. Su ruido, sus movimientos angulosos y amenazantes y hasta su olor espantan a las reses y las llenan de miedo. Y eso está contraindicado en las buenas prácticas ganaderas porque agregan estrés al ganado volviéndolo arisco y nervioso.

En cambio, jinete y caballo son un com­ponente más de la tropa viviendo a su ritmo, con sus sonidos y sus silencios, habitantes todos de un horizonte que se pierde en los orígenes del hombre.

De manera que la gesta de Jan Lukas, joven chaqueño, 16 años, fue llevar la camaradería hombre-caballo de las tareas rurales a escenarios competitivos internacionales. La Copa Mundial Juvenil de Rienda realizada en Cremona, Italia, en mayo pasado, lo consagró como el mejor jinete entre participantes de Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay y lo ubicó además entre los mejores del mundo.

Prueba de que las mil y una muertes del caballo tuvo una vez más su resurrección.

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