Se fue un maestro

Sin ir más lejos

Cristian Nielsen

 

José Antonio Bianchi, periodista con mayúsculas.

Hace unos días nos dejó uno de los últimos periodistas de la vieja escuela: José Antonio Bianchi. Forjado en el periodismo deportivo, no tardó mucho en liderar la redacción general de La Tribuna. Allí lo conocí y tuve la inmensa fortuna de empezar este oficio bajo sus órdenes. Y quiero ser claro en esto. No era de los que enseñaban periodismo.

Te mostraba el camino con el ejemplo. Hacía sonar como una campana la sólida máquina de escribir Olympia cuando redactaba sus cosas. Lo que salía de allí, una cuartilla prolijamente tipeada, era el producto no sólo de su vocación y su experiencia sino, esencialmente, de su pasión por leer. Era un lector compulsivo. No concebía este oficio sin el ritual mañanero de abrir su diario para seguir con “los de la competencia”.

Era cliente seguro de los vendedores de revistas y no cerraba el mes sin haber comprado por lo menos un libro. La prensa extranjera era cara pero eso no lo desanimaba. ¿Cómo saber, sin internet, lo que pasaba en Brasil, Argentina o Uruguay? El lunes 29 de noviembre de 1971 me llamó desde Montevideo para dictarme, por teléfono, la exclusiva que había logrado con Juan María Bordaberry, a la sazón flamante presidente de Uruguay.

La oreja izquierda me quedó ardiendo después de media hora de mantener el tubo pegado a ella durante los 35 minutos que duró el dictado. Me hizo leer el texto completo, lo corrigió y finalmente dio el ok para mandarlo al taller. Ese rigor que se autoimponía lo exigía a los que trabajaban con él. No admitía imprecisiones ni perdonaba errores gramaticales. “Hay que leer más”, pregonaba. Nada más cierto.

Para aprender a escribir, antes hay que hacer de la lectura un hábito. Mejor consejo jamás recibí. Un auténtico maestro, de los que quedan cada vez menos.

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