El aguante

La idea de que los barrabravas iban a matar a nuestro fútbol dejó de ser metáfora para empezar a ser literal.

Por Juan Torres | Periodista | Política

 

La amenaza de los barras, nuestros hooligans subtropicales, se nos salió de las manos. Pero a diferencia de lo que pasó en el Reino Unido en los 90s, aquí tenemos muchos menos recursos e interés político y dirigencial para atacar el problema.

 

El mayor desafío es que no se trata solo de un fenómeno criminal, es esencialmente cultural. Durante años fue gestándose el folklore del “aguante” por el que se demoniza a un adversario al que hay que humillar y “hacer correr” como sea.

 

Los tentáculos de estos muchachos fueron extendiéndose a distintos ámbitos debido a la buena relación y, en muchos casos, el abierto apoyo y financiación de los dirigentes de clubes. Muchos diversificaron el negocio en la política, donde sirven de punteros o son útiles “fiscalizando” en días de elecciones. Esa cercanía con algunos políticos, empresarios y movimientos, hace que sean intocables para varios fiscales en el Ministerio Público.

 

Conversaba ayer con un psicólogo especializado en deporte, quien me comentaba que una particularidad extendida entre los barrabravas es que son “absolutos don nadies” fuera de una cancha y que encuentran allí su triste razón de ser. Es una estructura con códigos mafiosos o carceleros. Otra diferencia con el caso inglés es que, allá, muchos de los hooligans eran perfectos caballeros británicos en su vida diaria fuera del fútbol. Aquí son, normalmente, criminales violentos que dominan y aterrorizan los barrios en los que viven.

 

El financiamiento es clave y es muy probable que la droga juegue un papel central, fuera y dentro de las canchas. Pero lo más degradante para los amantes del fútbol es el trato reverencial que reciben quienes se disfrazan de hinchas, pero son delincuentes. Y lejos de ocultarse o hacerlo con vergüenza, referentes de casi todos los clubes se sacan fotos con ellos, les dan entradas gratis para juegos o les permiten viajar con el equipo cuando hay que trasladarse al interior o fuera del país. Existe hasta el patético ritual de permitirle a los barras que ingresen a vestuarios a “conversar” con los jugadores antes de algún partido o de pedir a la policía que escolte los colectivos en los que se desplazan, como si fueran autoridades importantes, algún rock star o el Papa.

 

Todos sabíamos que llegaría el día en que la muerte nos recordaría que es necesario hacer algo. Lo único claro es que dependerá, sobre todo, de la presión del hincha, ya que hay cuestiones incluso electorales por las que la dirigencia está atrapada por sus barras. En algunos clubes estos criminales con bombo y camiseta fueron acumulando a lo largo de años un número importante de votos para la elección de autoridadesun as que les asegura control de facto sobre las instituciones.

 

Es la realidad de un Domingo triste en el que cientos de miles de padres, parejas, hijos o amigos les dirán a aquellos que suelen ir a las canchas que no vayan, porque un juego no justifica poner en riesgo la vida. Están por matar al fútbol y lo único que va a quedar es el aguante.

 

📷 Cordon Press

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