Tic Toc

Paraguay, una vez más con algo de suerte, tiene la oportunidad de hacer ajustes urgentes a su modelo gastado y disfuncional, antes de que ardan las calles como vimos en la región.

Por Juan Torres | Periodista | Política

 

Parece que, finalmente, empieza a enterrarse la idea de que el modelo paraguayo es exitoso. Nunca lo fue. Sí tiene aspectos destacables, pero analizar la realidad de un país con planillas de Excel sin conectarlas con la calidad de vida de sus habitantes, es absurdo y, ahora, políticamente peligroso.

 

Nuestras clases política y empresarial se llenaban la boca hablando de las cifras macro haciendo comparaciones nada ingenuas con Venezuela y Argentina. En el contraste, parecía que estábamos muy bien. Desde las oficinas con vistas al Eje Corporativo y las camionetas blindadas, es difícil ver y escuchar la frustración hirviente de nuestras masas que aguantan todo, pero que parecen estar cerca de un punto de quiebre.

 

Claro que es importante mantener la sólida estabilidad macroeconómica y, en mi opinión, apostar por un capitalismo en serio, algo que no tenemos. En nuestro país existe una claque de amigos empresarios que tienden a repartirse el mercado, poniéndose de acuerdo muchas veces en precios o condiciones de los servicios o productos. Además, acaparan contratos millonarios con el Estado, lo cual no los obliga a innovar o crear nuevas fuentes de ingreso. No existe competencia real, que es el oxígeno de cualquier sistema capitalista exitoso.

 

Paraguay marcha por inercia y sin contrato social. Es literalmente la ley de la jungla. Y la selva suele ser violenta. Hay un sector privilegiado que durante décadas pudo vivir haciendo básicamente todo lo que quería, desconectado de las mayorías que siempre la pasaron mal, pero que en su momento y por el estilo de vida imperante, podían contener mientras pudieran llevarse algo de comida a la boca.

 

La clase media, por su parte, está agobiada por todos los gastos de bolsillo que debe hacer al tener una estructura de servicios de nivel subsahariano. La escuela o el colegio privados, seguro médico y hasta seguridad privada. A eso hay que sumarle que es la que sostiene impositivamente el aparato elefantoide e ineficiente del estado. A la clase baja ya no se le puede sacar nada y las élites siempre encuentran algún truco contable para, muchas veces, pagar casi nada.

 

Apostar a que millones de personas angustiadas van a aguantar indefinidamente, es suicida. Y no me preocupa que barran a la escoria que actualmente nos gobierna. Me aterra en manos de quiénes podamos caer. Podemos padecer una dictadura “soft” de derecha fanática pentecostal o el delirio del chavismo bolivariano.

 

Sin responsabilidad fiscal, libre mercado y respeto a la propiedad privada es imposible crecer y está comprobado que los países exitosos son las democracias liberales y republicanas. Pero el crecimiento del PIB sin analizar en qué sectores se concentra, no es suficiente.

 

Estamos en el momento exacto para sentarnos en una gran mesa nacional y definir cómo vamos a hacer para que, progresivamente, todos empecemos a vivir mejor. Pero hablando de temas bien concretos.

 

¿Cómo hacemos que ningún ciudadano deba hacer polladas para tratarse un cáncer o cualquier enfermedad catastrófica? ¿Cómo creamos un nuevo estándar físico y curricular para que las escuelas públicas sean las de referencia y, por qué no, mejor que varias privadas? ¿Cómo negociamos un gran pacto laboral para que los salarios puedan ganarle a la inflación todos los años y los asalariados puedan consumir más mientras aumentan su productividad? ¿Cómo solucionamos el martirio diario de los trabajadores que utilizan el transporte público y los que pierden horas del día en el tráfico? Es todo muy real y muy concreto.

 

Hay que romper la mirada de enfrentamiento y dejar de pensar en el güeto social desde el cual cada uno defiende sus intereses. Todos vivimos en un lugar en común, una nación. A la gente humilde le conviene que haya personas que sigan ganando mucho dinero porque podrán invertir, generar empleo y, esperemos, pagar impuestos. A éstos les conviene que las mayorías puedan tener una calidad de vida mejor porque, después de todo, necesitan estabilidad para seguir con sus negocios y, además, son estos ciudadanos quienes deberían comprar sus productos o contratar sus servicios. No es inteligente vivir en una isla de opulencia rodeados de tiburones hambrientos.

 

La bomba está activada y se escucha el tic toc. A ver si se animan a desactivarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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