Algodón: ¿qué frena su retorno?

Es evidente que el algodón ya no es atractivo para el pequeño productor, que se está inclinando por la soja, el maíz y el sésamo".

¿Qué nos falta para volver a los “viejos grandes días” del algodón, cuando casi 200.000 fincas familiares del minifundio tradicio­nal recibían al año una considerable renta por cultivar un par de hectá­reas con la fibra textil? No se trata de inventar algo de la nada sino de reenca­minar un rubro agrícola en el que fuimos bastante buenos, con una fibra que llegó a ser tomada como referencia en algún tramo de nuestra historia como productores y transforma­dores. Toda la expertise acumulada durante déca­das, incluyendo desarrollo de nuevas variedades, manejo de plagas, cadena de valor hasta la desmo­tadora y las empresas exportadoras quedó sepultada luego de unos pocos años de política tan miope como destructiva.

Los últimos datos de este cultivo dan pena: 9.000 hectáreas y 19.000 toneladas en 2018, cuando hacia 1991 se habían cubierto más de 700.000 hectáreas con una pro­ducción de unas 800.000 toneladas de algodón en rama y un rendimiento de 245.000 toneladas de fibra industrializable. Claro que en 27 años las cosas han cambiado drásticamente. El modelo de agricultura familiar campesina, de mano de obra intensiva, ha sido reemplazado por la mecanización, el uso de nuevas metodologías de siembra, la incorporación de biotecnología con el al­godón BT (genéticamente modificado) y rindes que no deberían bajar de 2.500 kilogramos por hectárea. En los viejos días, alcanzar 1.200 era la excepción.

Es evidente que el algodón ya no es atractivo para el pequeño productor, que se está inclinando por la soja, el maíz y el sésamo. Lástima, porque aquí cer­ca, dos provincias argen­tinas están produciendo 1.500.000 toneladas anua­les y alimentan una cade­na de valor importante. No hay razón para que la soja y el algodón no convivan en un mismo ambiente y agreguen valor a un sector cada día más trascendente para la humanidad.

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