Épica y fábula

El debate sobre los cuidacoches se quedó en la anécdota de una actividad cuestionada, a veces justamente, pero debería servir para analizar por qué vivimos en una sociedad fracturada.

Por Juan Torres | Periodista | Política

 

La épica de la superación con la que algunos se embanderan orgullosamente es real pero no es la norma, es la excepción. El error está en creer que es al revés. Y lo peligroso, es que sin quererlo, podemos contribuir a mantener un sistema social que funciona a medida de quienes ya tienen la vida resuelta, muchas veces al momento de nacer.

 

El punto no es hacerles la vida más difícil a ellos, sino intentar igualar el punto de partida para que, luego, dependiendo del esfuerzo y la capacidad de explotar el talento de cada uno, podamos ver qué tan lejos llegamos en la vida.

 

Por supuesto que es posible superarse y acceder a empleos y una remuneración mejor que la de nuestros padres, pero en muchos casos hablamos de gente que- si bien no viene de familias adineradas- con mucho esfuerzo de aquellos, lograron educarse o, por qué no, tuvieron la suerte de que alguien les tomara cariño y les diera una oportunidad a partir de la cual empezar a crecer.

 

Es básicamente una lotería. Y hay pocas bolillas afortunadas. No debería funcionar así.

 

Un niño que va a un colegio privado de Asunción o cualquier otra ciudad, que es estimulado desde que nace, que es bien alimentado, que tiene actividades extracurriculares desde idiomas a deportes, que es monitoreado por pedagogos y psicólogos, está en una posición infinitamente más cómoda para ocupar puestos relevantes que uno que nació en una familia desintegrada de algún barrio marginalizado. Poner en ese chico la carga simbólica de que puede llegar a superarse solo, es ingenuo o cínico. Y no pasa solo en Paraguay.

 

Ese punto de largada que debería reducir las brechas que existen en toda sociedad es la educación pública, laica y de calidad. Los colegios públicos deberían ser de referencia y sin nada que envidiar al promedio de los privados. El día en que la clase media empiece a enviar a sus hijos a instituciones del Estado, sabremos que estamos construyendo un país mejor.

 

En países como España, me tocó ver cómo a la salida de la escuela un bancario charlaba con un albañil mientras esperaban a sus hijos, que eran compañeros. En nuestro país es impensable, porque “caer” en instituciones públicas es percibido casi como una maldición y un escarnio.

 

La meritocracia tiene más sentido en países que tienen una conformación más armónica y que buscan reducir desigualdades, no solo desde una visión ética sino, sobre todo, práctica. Eso sí, es un proyecto que puede llevar décadas, pero el problema es que aquí ni empezamos porque aún muchos no se dan cuenta de que es necesario. Siguen creyendo en fábulas para no mirar de frente a un monstruo que nos va a hacer la vida cada vez más difícil a todos.

 

Te puede sensibilizar o no la vida de aquellos que trabajan en las calles, pero si no analizamos fríamente las causas y no diseñamos un proyecto de país que gradualmente los vaya sacando de allí y los lleve a lugares mejores, seguiremos perdiendo el tiempo en debates inútiles mientras los enfrentamientos entre paraguayos serán cada vez más graves.

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