La solidaridad bien entendida empieza por casa

JUAN IGNACIO GUERRA
[email protected]

Cuando las empresas encuentran más conveniente para sus inte­reses implementar programas de acción social en beneficio de la co­munidad, lo hacen con mayor constancia. Y, más importante todavía, ponen en esas acciones benefactoras un empuje eficiente, similar a la que deben aplicar habitualmen­te para competir y crecer.

Comprender esto, es una reflexión práctica.

Así, si las compañías benefactoras tienen incentivos claros, que se encuadran natu­ralmente en su propia cultura empresarial, los programas de Responsabilidad Social Empresarial (RSE) serán una buena prácti­ca mucho más frecuente.

Para cerciorarnos de esto, basta ver la enorme influencia de las Fundaciones de muchas empresas de alcance global en la investigación médica, las ayudas en caso de desastres naturales, la construcción de vivienda social, las acciones educativas y de auxilio alimentario, entre otras causas. La Fundación Bill y Melinda Gates o la Fun­dación Ford son buenos ejemplos.

Para que en Paraguay aumenten exponen­cialmente los programas de RSE, necesi­tamos una ley de responsabilidad social empresarial.

Existen múltiples contingencias y lagunas legales por no tenerla. Como nación en vías de desarrollo, nos debemos un andamiaje jurídico que no solo garantice la sostenibi­lidad del ecosistema de solidaridad empre­sarial, sino que la estimule.

Mientras tanto, las empresas pueden imple­mentar programas de RSE con las ventajas que ello ya supone. No deberían resignarse a reducirlas hasta la insignificancia (lo cual puede resultar contraproducente); ni tam­poco asumir riesgos conscientes como si fueran parte del costo de la RSE.

SOLIDARIO Y RENTABLE

La Responsabilidad Social Empresarial se confunde muchas veces con la filantropía. Son muy similares, sus diferencias son su­tiles y es útil distinguirlas.

A diferencia de una organización bené­fica, las empresas están hechas para ser rentables: su fin no es la beneficencia ni tampoco les cabe suplir el rol del estado. Pero esta búsqueda de lucro no significa que debamos demonizar el empresario ni mucho menos. El afán de lucro es natural y conlleva desarrollo económico, innovación tecnológica, capacitación y oportunidades.

Actualmente, muchas empresas adop­taron la filosofía del triple resultado (también llamada TBL o 3BL, por sus siglas en inglés). El triple resultado es, a grandes rasgos, un enfoque contable que refiere al resultado financiero, so­cial y ambiental de una firma. Al eva­luar el desempeño del negocio desde esta perspectiva, encontramos que el empresario ya no mira simplemente el cuadro P&L (de pérdidas o ganancias) sino que también busca generar mejo­res condiciones de consumo y dejar un legado, agregándole así dos nuevas “lí­neas” al cuadro de resultados: la social y la ambiental.

Así, en suma, las empresas aplican progra­mas de responsabilidad social empresarial (RSE) como parte de su visión estratégica, apuntando a complementar y ampliar al giro comercial, mejorando su situación competitiva y agregando valor en la comu­nidad donde trabajan, y de la que en gran medida dependen.

LA RSE EN PARAGUAY

En términos de empleo, las mipymes (micros, pequeñas y medianas empresas) representan aproximadamente el 67% de la mano de obra ocupada en nuestro país (Isaac Godoy, viceministro de mipymes – 5 Días, enero de 2019). Esto no es nada nuevo: es bien sabido que las mipymes, desde hace años, son las mayores generadoras de fuen­tes de trabajo. Pero la moneda tiene dos caras: las mipymes contribuyen solamente al 10% de la economía formal. Las razones son muy diversas, y mayormente obede­cen a un clima de negocios desfavorable. Pero eso no es foco de esta columna.

Esta realidad económica nos pinta un pa­norama nacional donde los programas de RSE de las grandes compañías resultan fundamentales, formando una red de con­tención paliativa en los estratos sociales más desprotegidos. Más de una vez son programas de RSE los que terminan brin­dando el oxígeno social necesario para mu­cha gente que, de otra manera, no tendría acceso a formación, medicamentos, próte­sis, caminos, ambulancias, coches bomba con sus herramientas, y tantos otros apor­tes más que, entre tantas noticias diarias, tienden a pasar desapercibidas del radar popular.

Dijimos que la RSE no es filantropía, y la principal diferencia es: que también be­neficia al empresario, ¡y en gran medida! La RSE genera: (i) mayor productividad, porque motiva a empleados y terceros; (ii) lealtad del cliente, porque vincula con la comunidad; (iii) acceso a mercados, por las preferencias y estímulos que muchos ac­tores externos ofrecen; y, (iv) credibilidad, porque finalmente, la arista reputacional garantiza sostenibilidad en el tiempo, miti­ga riesgos y permite reaccionar con agilidad a situaciones adversas, sin sacrificar la con­fianza del cliente.

NO TENEMOS UNA LEY MARCO ESTI­MULANTE

En el 2014 -y en el 2016 nuevamente- se pre­sentó ante el congreso un proyecto de ley que no prosperó porque, en ambas ocasio­nes, esencialmente, estuvo mal planteado. En la argumentación de antecedentes del proyecto se reconoce el rol que la RSE em­presarial cumple al suplir la falencia estatal en términos sociales. Pero luego se desca­rrila cuando plantea regular y fiscalizar la RSE con adherencia a un programa trazado por el Ministerio de Industria y Comercio, llegando incluso a condicionar beneficios a una certificación voluntaria, como, por ejemplo, la capacitación para los trabajado­res. Lógicamente, este enfoque emparenta incómodamente a la RSE con un impuesto. El proyecto quedó en veremos… Al día de hoy, aguarda dictamen en una comisión de la cámara de diputados.

Lo que al proyecto le faltó internalizar -y la Organización Internacional del Trabajo lo explica clarito- es que un programa de RSE “es el reflejo de la manera en que las empresas toman en consideración las reper­cusiones que tienen sus actividades sobre la sociedad, y en la que afirman los principios y valores por los que se rigen, tanto en sus propios métodos y procesos internos como en su relación con los demás actores. La RSE es una iniciativa de carácter voluntario que sólo depende de la empresa, y se refiere a ac­tividades que se considera rebasan el mero cumplimiento de la legislación.” (OIT, Gine­bra 2006).

O sea, la RSE va más allá del mero cumpli­miento de las leyes y las normas.

La mayoría de las empresas con progra­mas de RSE elige códigos e iniciativas a las cuales adherirse voluntariamente. Cito dos: en 1999, la ONU (Organización de Naciones Unidas) lanzó una inicia­tiva llamada Pacto Global con el obje­tivo de promover la RSE y desarrollar valores universales. Unos años antes, la OCDE (Organización para la Coopera­ción y el Desarrollo Económicos) lanzó en 1976 sus Guías, un código de conduc­ta corporativo que ya va por la quinta revisión (2011) y cuyo objetivo es expan­dir los beneficios de la globalización y evitar sus efectos negativos, alentando a los empresarios a adoptar principios vinculados a los derechos humanos, derechos laborales y medio ambiente. Estas son las principales, pero existen muchas otras iniciativas privadas que también desarrollaron lineamientos de RSE para empresas.

Y ENTONCES, ¿EN QUÉ QUEDAMOS?

Las garantías e indemnidades de una ley de RSE se pueden suplir siendo ordenados con la documentación de soporte, y previsores para anticiparse a los riesgos.

Hasta tanto tengamos una ley de RSE, antici­parnos a los riesgos es lo mejor que podemos hacer para que el tiro no nos salga por la culata, en el proceso de una acción social bien inten­cionada.

En FERRERE trabajamos con visión holística, y esto nos pone en una posición única para acompañar a nuestros clientes en sus progra­mas de RSE, desarrollándolo de forma tal que su impacto impositivo sea el más justo, para que todos los fondos destinados alcancen los fines deseados y, principalmente, para que la continuidad de una buena intención empre­sarial nunca se vea desalentada por un traspié jurídico.

Al fin y al cabo, no en vano se dice que el ca­mino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

 

También podría gustarte