¿VAMOS A VIVIR A TARJETAZO LIMPIO?

Los especialistas en eco­nomía doméstica saben cómo aconsejar a una familia sobre cómo llevar sin mayores problemas el presupuesto familiar. Des­de la aparición del dinero plástico, las recomenda­ciones más prudentes nos dicen que los gastos corrientes –comida, servi­cios, movilización, salud, educación, etc.- deben ir sobre la tarjeta de débito. La compra de bienes dura­bles, en especial aquellos que apuntan a mantener e incrementar los ingresos, pueden ir a la tarjeta de crédito. Redondeando: el gasto diario se paga al contado y las inversiones pueden financiarse. Pero ambas formas de pago deben ajustarse al ingreso familiar porque de lo con­trario, se entra en la espiral del déficit, que es cuando empezamos a financiar el saldo rojo con más crédito. Y nadie quiere eso, a menos que no le importe un futuro de bancarrota.

Cuando el Estado paragua­yo encara una obra pública tiene muy pocas opciones para ejecutarla en forma: presupuesto anual o financiación externa. Si va a pesar sobre el presupues­to, es un gasto de capital que debe tener una con­trapartida en los ingresos genuinos sustentados por los impuestos, las regalías disponibles y otras fuentes de recursos. Cuando el gasto supera todas las fuentes de ingreso quedan dos caminos: achicar los gastos o aumentar los ingresos. En el Congreso, durante el tratamiento del PGN-2020, de lo único que se habla es de aumentar el déficit modificando la ley de responsabilidad fiscal. En suma, gastar lo que no se tiene.

Con la excusa de no paralizar obras públicas –con la consiguiente caída en el empleo y sanatas por el estilo- vamos a enjugar déficit con más déficit.

¿Vamos a “tarjetear” de aquí en adelante? ¿Así va a ser la vida pública? Lindos administradores tenemos, parásitos de un Estado pobre que gasta como rico.

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