Casa nueva, ¿educación nueva?

Son tantas las rémoras que el MEC arrastra desde sus antiguos emplazamientos que es difícil imaginar aquello de casa nueva, vida nueva”.

El imponente edificio de 16 niveles estaría terminado para fin de año, según el ministro de Obras Públicas que impulsa su construc­ción. Está en la zona que, copiando acríticamente a los madrileños, podríamos bautizar “de los nuevos ministerios”, no porque se hayan creado más carteras sino porque se las está dotando de sedes cero kilómetro. Pero, será que ¿“casa nueva” significa también “vida nueva”?

En el caso de Educación y Cultura, son tantas las rémoras que arrastra desde sus antiguos emplaza­mientos que resulta más que difícil imaginar que el aforismo pueda hacerse realidad. Para comenzar, la calidad de la enseñanza está más que cuestionada, con resultados evalua­tivos en el marco de las pruebas PISA que hablan de un pobre desempeño de los estudiantes en lectura comprensiva, ciencias y matemáticas. Son habilidades duras que tienen una alta exigencia en el joven en su primera búsqueda de empleo. Está claro que el sistema no los prepara para el mercado de trabajo, variable que desprecian los partida­rios de una educación más humanista y menos funcional a la economía de mercado pura y dura.

Por lo demás, en las próxi­mas semanas veremos desfilar dos clásicos del inicio del año académico: problemas en el reparto de kits escolares y distri­bución incompleta del almuerzo, debiéndose añadir a ambos ítems las infaltables demandas tras la adjudicación de licitaciones. El corolario en este drama en varios actos son las denuncias de corrupción en el manejo de fondos, en especial cuando caen en las garras de gobernadores eterna­mente hambrientos.

Estos factores negati­vos están fuertemente enraizados en la conducta de todos los “actores del sistema educativo”. Por eso se hace tan difícil cambiar para abordar una etapa nueva en un capítulo tan gravitante para el país como la educación.

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