UN CAMBIO DE HÁBITOS

Si todo va bien, si llueve
en forma oportuna, si
no hay plagas, si los
mercados se comportan
razonablemente y si el
dólar acompaña, el país
podría producir algo
más de diez millones de
toneladas de soja este año.
Tal vez, y sólo tal vez, algo
similar podría ocurrir con
la carne bovina, siempre y
cuando los importadores
sostengan sus pedidos,
no haya inundaciones y
los productores tengan
suficiente stock faenable.

Son demasiados “sí” y “tal
vez” que deben cumplirse
para que las exportaciones
paraguayas de commodities
lleguen a cotas que alguna
vez transitaron, hace
algo menos de un lustro.

El país continuará habitando
este sube y baja
mientras su comercio
exterior dependa de los
productos de la tierra, de
la generosidad o tacañería
del clima y de la volubilidad
de los mercados.

Atadas a este escenario
lleno de factores incontrolables
están las industrias
de transformación, en
especial los complejos de
crushing y los frigoríficos
que acaban de cerrar
un año para el olvido.
No ocurre eso con algunas
economías latinoamericanas.
México, que cerró
2019 como la economía
número 15 en el ránking
mundial, basó el 67% de
sus exportaciones en productos
de alta tecnología.

Algo parecido sucedió con
Brasil, la novena potencia
económica mundial, con el
32% de su comercio exterior
fundado en productos
tecnológicos. Hasta Bolivia
tuvo un comportamiento
similar el año pasado, con
el 32% de sus ventas al
exterior compuesta por
derivados de la high tech.
Si realmente queremos
restar incertidumbre a
nuestra economía debemos
apuntar al crecimiento
del sector de productos
tecnológicos.

Un software
o un microchip pueden
producirse con o sin
lluvia, cosa imposible
con la soja o el ganado
bovino. Algo, definitivamente,
debe cambiar.

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