El síndrome del miedo

La humanidad, replegada sobre sí misma

Por Cristian Nielsen

“¡Times Square desierta al mediodía de un lunes! Va a ser algo digno de ver”. La frase fue pronunciada a bordo de un submarino americano cuyo comandante examinaba, periscopio de por medio, la inédita panorámica del corazón de Manhattan.

Es una fantasía de Stanley Kramer contenida en uno de sus clásicos de ciencia ficción, La Hora Final, fotografía de los efectos de la guerra nuclear. Seis décadas después de aquella concepción artística de una visión para entonces imposible de la ciudad que nunca duerme, la realidad llega desde el mismo sitio de Nueva York. No
sólo Times Square, sino la emblemática 5ª Avenida, la calle 42 y otras arterias del corazón neoyorquino parecen calcos de un mundo postapocalíptico y en extinción.

El panorama se repite en las principales megalópolis de todo el mundo. La rotonda del Arco de Triunfo en París, con unos pocos autos girando. La extensa avenida Unter der Linden de Berlin, casi despejada. La avenida 9 de Julio de Buenos Aires, casi siempre atestada de autos esperando en el semáforo, convertida en pista de carrera. Y sin webcam de por medio, la Costanera y la Avenida Mariscal López en Asunción lucen como un fin de semana, casi libres de tránsito.

Tal vez pocas escenas ilustren tan profundamente el miedo como las calles desiertas de una ciudad. La pandemia que nos azota ha despertado este sentimiento primario como pocas otras calamidades podrían hacerlo. Es la humanidad replegada sobre sí misma.

Durante las grandes mortandades del final de la Edad Media (1340-50) las ciudades despobladas por la peste eran recorridas por carromatos transportando cadáveres y por procesiones de flagelantes, escenas magistralmente inmortalizadas por el pintor flamenco-renacentista Pieter Brueghel en “El triunfo de la muerte”.


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