Expiación paraguaya

Nuestra élite política y social puede llegar a probar por primera vez el sabor amargo de un modelo fracasado que ellos mismos crearon, pero del que estaban blindados.

Por Juan Torres | Periodista | Política

Veinte camas con respiradores. Ése es el arsenal con el que cuenta hasta ahora el Estado paraguayo para enfrentar a una pandemia de las que aparecen una vez cada 100 años. Uruguay, con menos de la mitad de nuestra población, tiene 550.

Y es un solo dato para graficar el fracaso monumental de la clase gobernante en los últimos 80 años. Y no hablo solo de autoridades electas, que muchas veces son solo la fachada del poder real, hablo de una élite compuesta por un centenar de familias que nunca pudieron entender que una nación no tiene futuro si se la maneja indefinidamente como una estancia del siglo XIX en la que el resto debe estar sujeto a sus caprichos o negocios sucios, recibiendo lo justo para sobrevivir pero no lo necesario para romper mental y socialmente sus cadenas. Ese Paraguay que crearon, hoy los acecha.

La tragedia nos iguala en este vía crucis. Va a ser muy difícil cargar el tanque del jet privado y buscar auxilio en el Sirio Libanés o en el Mount Sinai. No será fácil huir a un lugar libre de la peste. Es en estos momentos, que cada ser humano del planeta puede ver con claridad qué tan bien hizo su país la tarea a lo largo de décadas para llegar a este examen doloroso.

Mientras empezamos a leer las primeras historias de personas llorando por hambre, nos enteramos de que el 40% del préstamo aprobado por US$ 1.600 millones será destinado a pagar el sueldo de todos los funcionarios públicos al 100% por dos meses. Claro que muchos de ellos merecen el salario que perciben y, otros, incluso ganar más. Pero hay una masa importante de asesoretes, secretariuchas, planilleros y hasta amantes con rubro que ganan fácilmente entre los 15 y 20 millones, un escándalo moral en estas circunstancias.

El resto, asalariados y cuentapropistas del sector privado, a rebuscársela como puedan. Es una estructura social parecida a la Francia del siglo XVIII pero con internet y dengue. Si no hay señales claras acerca del corte de estos excesos, estamos a pocas semanas de que, metafóricamente, la gente empiece a pedir cabezas.

Siempre sostuve que el paraguayo promedio soportaba cualquier cosa menos el hambre o el sufrimiento de sus hijos y que sólo eso iba a generar el terremoto que asustara a la clase política para soltar sus privilegios, no por convicción, sino por instinto de supervivencia. Ese momento llegó, y es ahora.

Creer que la parte más dura de esta pandemia se acaba con la meseta de casos después del pico de Abril y Mayo es de una ingenuidad suicida. No hay margen para apostar a que la gente se olvide o que algún titular conveniente tape algo que los incomode. Esta vez, tienen que ceder o van a tener que irse.

El mundo no puede ser el mismo después del COVID-19. Y mucho menos Paraguay. Hay que refundar nuestro Estado bajo un nuevo contrato social. Y buena parte de nuestra clase empresarial tiene que entender de una buena vez, que no se trata de “perseguir” al que tiene plata sino de que cada uno aporte de acuerdo a lo que ingresa, como en cualquier país funcional y exitoso.

La gran mayoría de los países insignia del capitalismo, que ellos veneran y con justa razón, tienen una estructura impositiva mucho más justa. Y además, servicios públicos de calidad con una red de protección social que en momentos como éste son clave. Aquí, además de los bajísimos impuestos ya existentes, pueden descontar hasta en el que grava la renta. Gran parte del funcionamiento del estado se financia a través del IVA, un impuesto que iguala a todos. En otras palabras, Doña Rosa que administra los G. 20.000 diarios que tiene como presupuesto para comida, paga igual que la persona con mayores ingresos del país. Escandaloso.

También es importante hacer diferenciaciones claras en el tipo de inversiones y el aporte real al país. No es lo mismo alguien que invierte millones de dólares en una fábrica, dando empleo con seguridad social a cientas de personas, que alguien que se dedica a actividades extractivistas con poca generación de empleo y, en algunos casos, hasta dañando al medioambiente. Que paguen lo mismo es injusto.

Otra cuestión clave es avanzar en la formalización del empleo para masificar el acceso al crédito, clave para el despegue de cualquier sociedad que se considere capitalista.

Hicimos casi todo mal en las últimas décadas y hoy miramos horrorizados lo que nos devuelve el espejo, absolutamente vulnerables ante dos meses de parate económico. En las crisis, algunos tiran la toalla y otros se reinventan. En el caso de los países, no existe la opción de cerrar y despedir a todos. Hay que seguir, pero aprovechando el momento para hacer las grandes correcciones que hagan falta.

Es la gran expiación paraguaya. La estamos sufriendo todos. Ojalá y haya valido la pena.

 

 

 

 

 

 


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