Los Nostradamus de la pandemia

Por Marcel Lhermitte, consultor en comunicación política y campañas electorales. Periodista.

En los últimos días se ha empezado a hablar mucho sobre qué mundo tendremos luego que pase la pandemia. Confieso que creo que la mayoría de los análisis que vemos y escuchamos tienen una cuota mayor de talenteo que de investigación prospectiva, pero bienvenido igual todo insumo que nos ayude a pensar el futuro inmediato.

Para tratar de escapar del “me parece que” es bueno tomar dos datos concretos y muy contundentes para hacer un análisis. Primero tomar en cuenta que estudios realizados por la CEPAL afirman que en América Latina habrá 35 millones más de pobres cuando termine la pandemia; y segundo, que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que se perderán 14 millones de empleos en la región.

Muchas actividades actualmente quedaron muy afectadas por la crisis y su futuro después de la pandemia es incierto. Los artistas por ejemplo, con un ingreso que depende en buena medida de los espectáculos en vivo ven peligrar sus ingresos, al igual que la hostelería, el turismo, el transporte público y un etc. que es difícil de cuantificar.

América Latina, caracterizada por la gigantesca desigualdad económica entre sus habitantes, se verá ante el desafío de reconvertir el mundo del trabajo, de generar nuevas fuentes de empleo en consonancia con las necesidades del momento.

También va a ser imprescindible crear las condiciones para que las nuevas generaciones del continente puedan formarse para ese eventual nuevo mundo y estudiar a distancia, algo que por ejemplo tiene resuelto Uruguay desde el año 2007 con la implementación del Plan Ceibal por parte del gobierno del Frente Amplio, pero no es la realidad que viven todos los estudiantes latinoamericanos.

Actualmente, en plena cuarentena, hay niños y jóvenes privilegiados que pueden estudiar, los que tienen acceso a conectividad y a un ordenador, pero los más pobres están quedando relegados víctimas de la brecha digital, de la pobreza y la desigualdad.

Finalizada la pandemia tendremos nuevos problemas, que además se sumarán a los que ya teníamos antes y que no se han solucionado, solo que la crisis sanitaria los ha postergado, pero están ahí, en el limbo. No podemos olvidar que algunos países de la región en 2019 y principios del 2020 se encontraban al borde del estallido social, con manifestaciones ciudadanas y con represión gubernamental que intentaba acallarlas.

La vuelta a la “anormal normalidad” será con nuevas carencias, con más pobreza y con menos trabajo. El regreso a la “anormal normalidad” será con los antiguos reclamos, con las necesidades insatisfechas que llevaron a miles a las calles a reclamar por los derechos más básicos.

La pregunta entonces es qué tan frágil podrá quedar la institucionalidad en algunos países latinoamericanos para afrontar la nueva coyuntura. Se requerirá de un Estado fuerte que pueda dar garantías en el plano sanitario y económico, se necesitarán líderes políticos que marquen el rumbo.

Lejos de eso, la ola conservadora y neoliberal que gobierna la región no parece ofrecer las garantías imprescindibles para hacer frente a la crisis que se avecina, con una región en donde la prioridad deberían ser las personas y un Estado presente, consolidado, y por encima del mercado.


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