De “autoridá” a servidor público

Nuestro título de ayer sobre el tema revela le enormidad del cambio que se necesita para que la corrupción en la función pública vaya cediendo y sea en el futuro algo residual. Pretender su desaparición sería negar la condición humana, llena de debilidades.

Hablábamos del gran negocio de ser una autoridad pública, con un “cuadro de honor” cuyos integrantes son una auténtica galería de la vergüenza. Convertirse en “autoridá” es el sueño de miles que prefieren el camino fácil para la “realización personal”. Nada mejor, para lograrlo, que acercarse al fogón de algún caudillo político para hacer carrera a su servicio, siendo maleable a sus intereses para escalar posiciones y adquirir peso propio en el creciente laberinto de la maquinaria estatal, que es de donde emana el dinero fácil en forma de altos salarios, bonificaciones y premios diversos. Después llega la plata grande:

licitaciones, coimas, venta de influencias, etc. Los altos cargos y el empoderamiento económico otorgan “autoridá” y convierten al funcionario en una especie de rey Midas que da y quita, otorga y saca, atiende a la gente si está de humor o la hace esperar indefinidamente para hacerle ver dónde está el poder. Es el típico troglodita de saco y corbata.

Evolucionar de esa concepción jurásica hacia la figura del servidor público va a llevar mucho tiempo… en una perspectiva optimista. Un servidor público ve en el ciudadano a alguien que requiere su servicio como su mandante, no como un mendigo a la espera de una migaja. Es su empleador que espera resultados, que para eso lo sostiene con sus impuestos.

Esa es la diferencia. La “autoridá” se hace obedecer y pagar espléndidamente por sus vasallos, los ciudadanos. El servidor público es el eje central del Estado al servicio del ciudadano.
“Pequeña” diferencia.


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