Enamorados de la obsolescencia

Lo único que espera un corredor de fórmula uno es que su escudería le ponga a disposición el mejor auto, que la pista esté en buenas condiciones y que las reglas de clasificación se cumplan estrictamente. A partir del banderazo de partida, perder o ganar es de su exclusiva responsabilidad.

No espera que los organizadores de la competencia chicaneen a sus adversarios o les pongan alguna penalización extra que le ayude a ganar la carrera. Un tenista, un nadador, un golfista o un equipo de futbol profesional tampoco necesitan que les “preparen” el terreno para ganar.

El que se entrena, lleva una vida disciplinada y tiene hambre de éxito, sólo demanda reglas claras, igualdad de oportunidades y… que gane el mejor. Esto es tan obvio que lo entiende cualquiera… salvo nuestros honorables representantes, víctimas de su “legislatitis crónica”.

Violando todas las normas de libre competencia e igualdad de oportunidades, los honorables acaban de perpetrar un nuevo mamotreto dirigido a reservar casi la mitad de las compras del Estado a empresas nacionales. Es una idea tan vieja como inservible.

En 1971 se impuso la “ley de reserva de cargas” (la 295) que entregaba a buques de bandera nacional el total del tráfico marítimo y fluvial de importación y exportación. Por entonces imperaba FLOMERES, la flota estatal cuyo destino, hacia finales del siglo XX, fue la liquidación y el desguace. Si hubiera dependido de FLOMERES la expansión del comercio exterior, hoy estaríamos aún anclados en los años ’50.

Felizmente, el paquidermo sucumbió y hoy el país tiene un sistema de transporte de cargas de primer mundo. Si los honorables quieren legislar a favor de la industria nacional, dinamicen la banca pública, apoyen la infraestructura y alivianen el Estado. No van a lograrlo con leyes que atrasan un siglo.


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