Estado dinamizador, no benefactor

Las leyes que impulsan el “compre nacional” tienen siempre un fuerte olor a populismo y a proteccionismo que riñe con la libre competencia y la igualdad de oportunidades, leyes básicas de la economía de mercado. Proponer que las compras del Estado tengan un margen de preferencia a favor de productos nacionales es una barrera que hace tabla rasa con factores clave en cualquier adquisición: libertad para elegir el producto o servicio de la mejor calidad y prestaciones y al precio más conveniente.

En el dominio estrictamente privado, quien compra cosas no se fija en la nacionalidad del producto. Desde un tomate hasta una laptop, el comprador elige calidad y precio. La idea dominante es llevarse lo mejor, siempre que esté dentro de sus posibilidades económicas.

Qué le importa si el tomate es paraguayo, argentino o brasileño si cierra los dos prerrequisitos. Nadie va a comprar basura sólo para “apoyar” a la industria o la producción nacionales. El Estado debería regirse por el mismo principio: obtener el mejor artículo o servicio al menor precio posible, pues el cuidado del dinero y la excelencia de su aplicación son imperativos que deben regir la administración pública. Por lo menos, debemos aspirar a esa meta.

Por lo demás, todo el discurso de “apoyar a la industria nacional” es un palabrerío hueco. El Estado no debe ser un benefactor convirtiéndose en un gastador ineficiente. Sí debe ser -y no lo es ni de cerca- un dinamizador de la industria, la producción y los servicios. ¿Cómo? Abaratando el crédito, con exenciones impositivas oportunas y servicios básicos eficientes que no se conviertan en un costo inabordable.

Lo del “compre nacional” es una engañifa que no funciona en ninguna parte. No protege nada.
Sólo enmascara la ineficiencia y favorece la corrupción.


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