La pobreza no se combate con intenciones

¿Por qué tantas iniciativas del Ministerio de Agricultura y Ganadería han quedado por el camino? Decenas de ministros han intentado encaminar programas dirigidos a rescatar al pequeño campesino de la pobreza. Sin embargo, ese estado casi terminal en lo social y económico en vez de mejorar, empeora y casi siempre desemboca en el abandono de fincas y la migración hacia los cinturones urbanos de miseria. Como se ve, apenas un cambio demográfico.

El fracaso es explicable. Cuando la política se mete de por medio, el pretendido programa extensionista se convierte rápidamente en asistencialismo. Se reparten tractores, sembradoras, palas, azadas, rastras y toda clase de implementos agrícolas. Se forman comités locales, buenos para la foto del momento pero efímeros en sus fines.

El MAG existe desde el siglo XIX y los campesinos en estado de pobreza desde siempre. No fue sino hasta la entrada del sector privado –en especial gremios como UGP-INBIO, CAPECO, APS y entidades cooperativas – que la cadena se completó, reemplazando el asistencialismo por biotecnología, buenas prácticas agrícolas, asociación, productividad e inserción en la cadena de valor con llegada al mercado de consumo y al sistema financiero.

Campesinos de Caazapá, una tierra prácticamente muerta para la producción, logran hoy sacar casi 3.000 kilos de algodón por hectárea cuando antes no pasaban de 650, o cosechas descomunales de maíz de 10.000 kilos allí donde no alcanzaban los 1.000 por hectárea.

Las buenas intenciones no bastan para ayudar a campesinos a salir de la pobreza. El papel del sector privado, en especial el que invierte en investigación y desarrollo de semillas y métodos de producción es el que ayuda a cerrar la cadena y convertir al pequeño campesino en dueño de su destino y dinamizador de su entorno.


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