Paso correcto en la dirección apropiada

Ninguna industria puede evolucionar sobre la base de la protección y de las reservas de mercado, sobre todo cuando su principal cliente es el Estado. Y cuando se trata del Estado, el tema es mucho más grave porque los cupos reservados no siempre se llenan con el mejor producto, ni por calidad ni por precio.

Al no ser necesario enfrentar a proveedores externos, los locales pueden ceder a la tentación del acuerdo que elimine la competencia o la reduzca a una simple cuestión de cotización a la baja que no siempre garantiza el mejor producto o el mejor servicio.

Eso, el Estado, que representa los intereses del ciudadano contribuyente, no se lo puede permitir. El Poder Ejecutivo ha hecho bien en vetar la ley de preferencia que reserve un 40% de sus compras a proveedores locales. Ellos saben muy bien que en el sector privado esa ley no aplica porque el comprador es soberano y sólo lo guían variables absolutamente objetivas a la hora de comprar: el mejor producto al precio más bajo posible, sin importar su origen. De allí hacia arriba, las variables se intensifican cuando lo que se busca es calidad, rendimiento, durabilidad o efectividad del producto o el servicio por el cual se está pagando una suma determinada.

Una variada gama de industrias y proveedores de servicios locales han ganado el mercado a fuerza de competitividad, el camino más duro pero el que templa el carácter del empresario para los momentos difíciles. Los cupos asegurados son como un anestésico que, una vez pasado su efecto, deja al paciente a merced de los avatares del mercado sin herramientas para hacerles frente.

Tal vez se alegue que esta posición es darvinismo económico extremo. Preferimos llamarlo
realismo.
Los mercados no perdonan.
Ni aquí ni en ninguna otra parte.


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