Es cuantificable el daño moral

Un diputado se aferra tenazmente a su banca pese a las pruebas abrumadoras que lo delatan como estafador y defraudador públi­co y confeso. Cerca de allí, un senador consigue despegarse del escandalete generado por lo que se denominó “el caso de la niñe­ra de oro”. Roscas enquistadas en el Poder Judicial montan casos enteros de extorsión a ex miembros de gobiernos ya fenecidos, mientras operadores aduaneros no pueden justificar rumbosas existencias fundadas en salarios que apenas les alcanzarían para una vida modesta. Fortunas enteras basadas en negociados pú­blicos, venta de influencias, contrabando, protección de delin­cuencia organizada y lavado de dinero no constituyen estigma social alguno para muchos “grandes apellidos” que se ventilan en pomposas recepciones, mansiones principescas y autos de co­lección.

Podríamos seguir enumerando largamente casos de corrupción, latrocinio e inconductas sociales diversas, pero con las citadas ya es suficiente. La pregunta del título es un desafío: ¿Es cuan­tificable el daño moral? Y nos referimos al daño que se causa al cuerpo social cuando la voracidad por un enriquecimiento rápido a cualquier precio acaba exponiendo a la nación a la vergüenza y al desprecio.

El periodista Juan Carlos de Pablo escribió en La Nación, de Argentina, un artículo titulado “Por qué no es lo mismo robar que trabajar”, el cual, lejos de ser un divague socio­lógico, es más bien una conclusión basada en los trabajos de Gary Stanley Becker, Premio Nobel de Economía 1992. “Desde el punto de vista gene­ral –afirma Becker- una sociedad donde conviene ‘trabajar’ de asaltante, más que de asalariado o profesional, es una sociedad donde nadie produce. El PIB de un país lleno de asaltantes no está constituido por agricultura, in­dustria, servicios de transporte, sino por guardaespaldas, armas de fuego y puertas blindadas. Muy lejos, por cierto, de cualquier idea de bienestar humano”.

Aunque suene a pensamiento extremo, la idea de Becker admite algunas aplicaciones locales. Es virtualmente imposible cuantifi­car el daño que la delincuencia organizada –narcotráfico, asaltos, secuestros extorsivos, etc.– produce a la economía nacional. En cambio, sí es posible ponerle un número aproximado a la eco­nomía sumergida: un 40% sobre el PIB, según algunas consulto­ras, es decir, unos US$ 12.000 millones que se sustraen al Estado. Esto, en lo material.

Pero, ¿cómo podría ponérsele números al daño moral? “Dado que el ser humano se mueve sobre la base de los beneficios y los costos que para él o ella tienen sus acciones, las reglas de juego tienen que privilegiar el trabajo con respecto al asalto”, concluye el Premio Nobel de Economía 1992. Aquí, estamos aprendiendo a “escrachar” al corrupto, al que prefiere robar antes que trabajar. Lo que aún tenemos que conocer, como sociedad, es el “quan­tum” de daño moral que provocan estos indeseables.

También podría gustarte Más del autor