Desnaturalizando el sindicalismo

11 ENE 2017 08:10 am
Editorial


Bajo el lema de combate de “precarización laboral”, los sindicatos argentinos llevaron durante décadas al país a convertirse en uno de los más caros para invertir.

 Ayer, el Gobierno de Mauricio Macri anunció un ambicioso plan de inversiones en hidrocarburos que promete hacer “llover” sobre Argentina miles de millones de dólares en inversiones. Claro que para eso, debió firmar un pacto de no agresión entre los sindicatos petroleros, las gobernaciones y el propio Gobierno federal para decidir a los grandes operadores mundiales del rubro a plantar capitales en Argentina, en donde operar un pozo petrolero cuesta hoy exactamente el doble que en Estados Unidos. ¿Cómo hacerlo? Iniciando el desguace de la poderosa claque sindical empotrada en los gremios, enviciada durante décadas de populismo que crearon verdaderas dinastías que se heredaban entre sí los cargos estelares. Un caso paradigmático, y que terminó afectando al Paraguay, es el del “sindicalista” Omar Suárez, apodado el Caballo, dueño absoluto del Sindicato de Obreros Marítimos y aliado ferviente de Cristina Fernández.

Esta condición le dio vía libre para imponer gabelas extorsivas a la navegación por la Hidrovía. Se habla de coimas de hasta US$ 40.000 dólares por cada tren de barcazas o buque de ultramar operando en Rosario o Buenos Aires. “Todo lo que navega me pertenece” alardeaba el “Caballo” quien con esta fuente de ingresos sucios montó una red de 13 empresas propias haciendo más cara, a la vez, la navegación con fines comerciales. Esa fue la razón por la cual muchas navieras argentinas optaron por emigrar al Paraguay en donde hoy constituyen –junto con armadores paraguayos- la tercera mayor flota de barcazas de empuje del mundo. Eso lo lograron Cristina Fernandez y Omar Suárez juntos, quienes al comprobar la enormidad de su error, comenzaron a hostigar a las embarcaciones de bandera paraguaya imponiéndoles todo tipo de arbitrariedades en puertos argentinos. Algo parecido, aunque en otras dimensiones, pasa con dirigentes como Hugo Moyano (camioneros) y Luis Barrionuevo (gastronómicos), gente con poder político con quienes hay que sentarse a negociar, sí o sí, no sólo cuestiones sindicales sino también de negocios, los que han construido a partir de su plataforma como sindicalistas.

Cualquier intento de reducir el costo argentino apelando a la flexibilización laboral hace saltar todas las mesas de sindicalistas quienes de inmediato denuncian maniobras de precarización del trabajo. Sin duda, hay una raíz histórica de la lucha sindical que es legítima y que busca defender conquistas importantes. Pero cuando estos valores se mezclan con los intereses de dinastías de sindicalistas aferrados a sus cargos, ya no se trata de una “lucha sindical” sino de simple defensa cerril de privilegios. Un esquema que a la Argentina le está costando mucho desmontar y que ojalá nunca se instale en el Paraguay.

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