¿Volver a la edad de piedra?

17 FEB 2017 08:43 am
Comentarios


Los hombres del segundo renacimiento podrían muy bien encontrar, sepultados en el barro y los sedimentos de siglos, objetos que les provocarán asombro: una laptop, un televisor de plasma, una cámara digital, discos duros… que no sabrán qué son ni para que sirven. Y en el remoto caso de que resolvieran el misterio, no tendrían cómo recuperar la información acumulada en aquellos dispositivos corroídos por el oxido y el tiempo.

Foto: Gentileza

Por Cristian Nielsen

En su libro “Climate of Hope”, Michael Bloomberg y Carl Pope se plantean cómo ciudades, empresas y ciudadanos pueden salvar el planeta de la destrucción que plantea el desbarajuste climático. Un comentario atribuido al actor Leonardo DiCaprio dice: “El cambio climático amenaza con transformar el futuro de los centros de población de nuestro mundo. Bloomberg y Pope han sido líderes en fortalecer nuestras ciudades contra esta amenaza y su libro demuestra que la victoria es posible e imperativa”.


Posible e imperativa. Tal urgencia me obligó a revolver mis archivos y en donde encontré las siguientes reflexiones sobre el curso que han tomado los descubrimientos tecnológicos más innovadores generados por el hombre.

Releyendo un artículo del querido Helio Vera pude saborear –como se hace con los buenos vinos- su sabia perplejidad ante los sorprendente avances de la tecnología. En un viaje de 40 líneas, fue posible regodearme con las coloridas descripciones de una mente capaz de ejercer con maestría incomparable la ironía creativa.

El hecho es que, disfrute literario aparte, las jaculatorias de Helio sobre microchips y pendrives me hicieron pensar en el futuro perdurable de tales maravillas de la creación humana.

Y de pronto, lo de perdurable comenzó a perder consistencia. Veamos.

DEL GRAMÓFONO AL ARCHIVO DIGITAL

Del sorprendente “gramófono” de Edison y Berliner no queda sino el recuerdo pese a haber pasado escasos 133 años de su invención. Algunos discos y cilindros de bakelita aún se conservan pero casi todo ha desaparecido. Cuántas voces, instrumentos y sonidos únicos se habrán esfumado al romperse en mil pedazos aquellas delicadas piezas. La aparición del vinilo pareció solucionar toda esa fragilidad por varias décadas. Pero el sonido digital mandó muy pronto al reciclado millones de “long plays”, hoy buscados por coleccionistas que los consideran de mayor fidelidad que los archivos digitales.

Será cuestión de un par de décadas más para que los viejos sistemas sean cada vez más raros, hasta en los museos. Con ellos se habrán perdido todos los inestimables tesoros de sonido que no hayan sido volcados a la nueva tecnología. Un aria de Caruso, una escala de Rubinstein…


Lo propio ha sucedido con la fotografía y las películas. Los primitivos daguerrotipos, así como las fotos y películas que los siguieron, enfrentan el mismo enemigo que sus congéneres sónicos: el tiempo. La fotografía en papel se esfuma, las películas pierden nitidez, todo se vuelve gris, fantasmal y finalmente, se desvanece.

EL ARCHIVO IMPOSIBLE

En los años ‘90, un magnate con ganas de trascender creyó encontrar la solución definitiva para esta implacable destrucción y acondicionó una enorme cueva bajo una montaña con el propósito de archivar allí –en formato digital- toda la historia del hombre: fotos, pinturas, películas, sonidos, sinfonías, libros, etc. La inversión económica era descomunal.

Hasta que alguien le tocó el hombro y le preguntó: ¿Está seguro de que quiere seguir haciendo esto? Sorprendido, el magnate quiso saber porqué le preguntaban semejante cosa. ¡Claro que estaba seguro! Pero cuando le hicieron ver que la longevidad de un disco duro, sin mantenimiento, era casi nula, cayó en la cuenta de que tal vez estaba preparando el almacén de chatarra más caro del mundo.

Eso, sin contar con que la humanidad, tarde o temprano, sufrirá otra “edad media” y caerá en el mismo pozo de negra regresión del conocimiento que siguió a la desintegración del Imperio Romano. Los hombres del segundo renacimiento podrían muy bien encontrar, sepultados en el barro y los sedimentos de siglos, objetos que les provocarán asombro: una laptop, un televisor de plasma, una cámara digital, discos duros… que no sabrán qué son ni para que sirven. Y en el remoto caso de que resolvieran el misterio, no tendrían cómo recuperar la información acumulada en aquellos dispositivos corroídos por el oxido y el tiempo. Estarían condenados a ignorar que allí dentro, en medio de esa inextricable maraña de hilos de metal, se escondían –espléndidamente intactos- la Monalisa, los versos de Virgilio o una sinfonía de Boryac. Y tal vez, como en los cuentos de Ray Bradbury o del realismo fantástico de Louis Powels y Jacques Bergier, los convertirían en venerables objetos de culto.

VESTIGIOS SOBREVIVIENTES

¿Cuánta información, ilustración, datos, historias o leyendas quedarían a la vista y entendibles, de aquí a dos o tres mil años, oscurantismo medieval de por medio, cuando archivos, bibliotecas y bases de datos se hayan convertido en polvo y herrumbre?

Quizá sobrevivan algunas placas de hierro o de bronce documentando la inauguración de una estación de ferrocarril o un gasoducto. Tal vez un bajorrelieve en el pedestal de algún monumento…

Pero las que sí seguirán –tal como hace 4 o 5.000 años- serán las inscripciones de Karnak o de las pirámides de Giza, los herméticos petroglifos de los templos mayas dedicados a Kukulkan y Viracocha, para no hablar de las inescrutables tablillas sumerias y los sentenciosos textos latinos estampados en los frisos de los restos monumentales romanos…

Y con seguridad, los majestuosos frescos de las cavernas de Altamira, la “capilla sixtina” del arte rupestre.

Deberíamos ir pensando en dejar historias escritas en piedra. Los antiguos sabían cómo hacerlo. Y lo hacían muy bien, tanto, que aún perduran.

¿Costará mucho volver a la edad de piedra?

COMENTARIOS

© 2015 5dias.com.py