De la Biblia al agronegocio

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. Las enormes escalas de producción y comercialización que se manejan en la actualidad exigen nuevas denominaciones y plantean una reformulación de las maneras como hoy se producen los alimentos para una población que ya ha superado los 7.000 millones de habitantes a escala planetaria.
El Paraguay no está al margen de este proceso, sólo que su correcta percepción está obscurecida por un arcaico debate sobre la reforma agraria que no termina de salir del pantano. Mientras los envejecidos teóricos de la posesión de la tierra siguen embelesados con ecuaciones tan irreales como inconducentes (como aquello de que el 2% de la población posee el 85% de la tierra agrícola), la realidad va transformando velozmente el panorama en el campo.
Hoy se sabe que la mera posesión de un lote agrícola no es la solución para una familia campesina, aún cuando disponga de tecnologías básicas de producción y algún capital para operar. Si así fuera, las 1.100 colonias en teoría manejadas por el Indert tendrían que generar hoy un verdadero río de productos agropecuarios en las 2.180.000 hectáreas que cubren en su conjunto en la región Oriental. Pero no es así, ya se sabe. De esa extensión, apenas un 30% tiene algún grado de explotación racional mientras que el 70% restante permanece sin cultivo y en no pocos casos, alquilado a productores del complejo de la soja. Esta modalidad es una réplica a pequeña escala de los “pools de siembra” de Argentina, en donde grupos de capitalistas reúnen fondos para arrendar tierras y contratar equipos de siembra, tratamiento fitosanitario, recolección y depósito de los granos resultantes, todo ello con producción a escala y con altos rendimientos. Esta modalidad ha reemplazado masivamente, en la Argentina, al pequeño “chacarero” que cubría extensiones reducidas -50 a 100 hectáreas- y que fue virtualmente liquidado por la presión impositiva que a partir de los primeros años del siglo pesa con hasta un 35% de gravamen a la soja, el trigo y el maíz. En el Paraguay, ese proceso no es muy frecuente gracias a la cooperativización del agro a escala y a la ausencia de las retenciones impositivas que, al estilo argentino, habrían hecho desaparecer al productor independiente.
Así han logrado mantener una firme tasa de crecimiento complejos como el de la soja integrado por el trigo, el maíz, el girasol, la canola y los abonos verdes, la producción de arroz que no cesa de crecer y el complejo de la carne vacuna. Otras cadenas de valor han podido superar, en casos puntuales, sus enfermedades de crecimiento y avanzar hacia el agronegocio, entre las que cabe citar al almidón de mandioca, la stevia y el sésamo.
Si la agricultura no rinde como agronegocio, es pérdida de tiempo, por muy bíblicos rótulos que insistamos en colocarle.

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