Lecciones que deja el reeleccionismo

Imperaba a media mañana de ayer, en Mburuvicha Róga, el ambiente fúnebre de los velatorios. Los ministros del gabinete que “animaron” la reunión de prensa echaron mano a la prosa laudatoria de los difuntos al referirse al gesto magnánimo del Presidente Horacio Cartes de renunciar a su candidatura por un nuevo periodo. Este acto fallido desnuda el apresuramiento con el que se ha estado empujando el proyecto reeleccionista. No se puede renunciar a lo que no existe. Sería el único caso de renuncia en expectativa, preventiva y reparadora, toda vez que el Congreso apruebe la enmienda imponiendo la reelección, el Poder Ejecutivo la promulgue y la Justicia Electoral convoque y ejecute el referéndum vinculante, proceso que destila inconstitucionalidad por todos sus poros y que presagia, en caso de que se consume, turbulencias aún mayores a las vividas en las últimas semanas. Pero más allá de este clima espeso, poblado por rostros demudados y rico en discursos de contenida frustración, quedan varias lecciones que debiéramos estudiar con cuidado como República.
Primera lección: Aprender a leer los buenos y los malos humores sociales. A despecho de los excesos vividos a fines de marzo, queda claro que la figura de la reelección desata el síndrome del rechazo en la mayoría de los ciudadanos comprometidos con la democracia. Quien aspire a gobernar en nombre de siete millones de paraguayos debe tener olfato suficiente para percibir la diferencia entre los diversos grados de conformidad o desagrado con una gestión de gobierno, y la “adhesión incondicional”.
Segunda lección: Cualquier intento de imponer el unicato genera, como subproducto inevitable, nubes tóxicas que contaminan la atmósfera política y que obligan a la ciudadanía a poner en marcha mecanismos de depuración para prevenir la asfixia.
Tercera lección: Hay vida más allá del único periodo presidencial que autoriza la Constitución. En lugar de maniobrar para retorcerle el pescuezo al artículo 229 y obligarlo a admitir la reelección, los partidos políticos debieran considerar la idea –vigente en las democracias sólidas- de proponer auténticos programas de Gobierno y darle verdadero significado a una frase muy manoseada en el discurso campañista de baja calidad: políticas de Estado. Hay que desechar para siempre la figura del líder providencial y reemplazarla por liderazgos auténticos que generen confianza.
En la reunión de prensa de la que hablábamos al comienzo, uno de los ministros definió al Gobierno actual como “el mejor de la transición”. Hace 28 años que estamos en transición debido precisamente a que muchos todavía no entendieron que aquel febrero de 1989 decidimos darle un portazo a la autocracia y al continuismo y reemplazarlos por la democracia y la alternabilidad. Todavía no estamos preparados para restaurar la reelección. Quizá la cuarta lección dejada por los tumultos del 31 de marzo pasado sea la necesidad de instalar una gran mesa de debate sobre la reforma constitucional, sin plazo fijo atado a proyectos personalistas. Una mesa laica, integrada por ciudadanos de probada vocación democrática y a quienes preocupen los problemas de fondo de una República que no termina de consolidarse. Estamos mejor preparados que nunca para ese debate. No desperdiciemos semejante oportunidad.

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