El daño ya está hecho

Los organismos internacionales de crédito y cooperación, las calificadoras de riesgo y los centros financieros del mundo ya tomaron debida nota. En el Paraguay, el aventurerismo político está a la vuelta de la esquina y puede sacudir el escenario en cualquier momento. Se podrá vivir algunos años de calma pero siempre habrá algún brote de insurrección a un palmo de esa superficie de aparente tranquilidad. La historia reciente lo demuestra. Tras el golpe que derribó el estronato en 1989, siguieron varios “climas de malestar” en las Fuerzas Armadas con militares sacando a pasear los tanques, el asesinato de un vicepresidente, el intento de juicio político a un presidente, los sucesos de marzo de 1999 con sangre en las plazas del Congreso, la renuncia y exilio de un presidente en ejercicio, el juicio político y destitución de otro presidente y, lo más reciente, la insurrección popular y el incendio de la sede del Congreso Nacional. Tales inestabilidades cíclicas en la política paraguaya se parecen a las que periódicamente sufre la economía mundial. Pero mientras para éstas últimas los expertos han logrado desarrollar medidas preventivas o curativas eficientes (las denominadas “políticas anti cíclicas”), para el caso del Paraguay y sus frecuentes revulsiones políticas parece no haber un remedio a mano. Por lo tanto, para quienes están decididos a correr el riesgo y operar económicamente en nuestro territorio, la cuestión pasa por tomar algunas vacunas y precauciones ambientales que los ayuden a minimizar el daño. Esto significa que cualquier capital, empresa o negocio que desee radicarse en el Paraguay deberá tener en cuenta sobrecostos diversos por encima de sus expectativas de rentabilidad.
Invertir en Suiza o en Finlandia es fácil, si se cuenta con capital apropiado, “know how” que le otorgue competitividad y se observen las normas de transparencia vigentes; con perseverancia y un buen plan de negocios, tal vez el éxito corone el esfuerzo del inversionista cuya ganancia será limitada pero segura y sostenible en el tiempo, con una garantía central: la estabilidad institucional que caracteriza a esas sociedades. En países como el Paraguay, las ganancias pueden ser sustancialmente mayores pero también los riesgos aumentarán en relación directamente proporcional. Y no estamos hablando solo del factor corrupción, que es uno de los mayores disuasivos a la inversión. Nos referimos sobre todo a las periódicas pataletas políticas que lo revuelven todo, ponen nerviosos a quienes ya se han instalado en el país con sus planes de negocios y que obligan a otros a cancelar o postergar proyectos que aún no han salido del tablero de dibujo. Sólo cuando nos decidamos a abrir un centro de control de daños –que bien podría hacerlo alguna de las consultoras existentes- estaremos en condiciones de ponerle números a la inversión que ahuyentan estas periódicas mascaradas políticas a las que nosotros estamos acostumbrados pero que asustan al extranjero con proyectos en el Paraguay. Por el momento, el daño ya está hecho y es irreversible.

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