DIPLOMACIA ECONÓMICA PARA EL DESARROLLO

El enunciado tiene buen sonido. Habla de poner voluntad política al servicio de la expansión de la economía. Sugiere la idea fuerza de que el sector público camine junto al privado en la misma dirección: lograr el desarrollo a través del estímulo a la inversión y la creación de oportunidades para todos.

Francia ya lo está haciendo a través de un plan quinquenal 2018-2022 y durante el cual está invirtiendo
miles de millones de euros en la adquisición de talentos, el desarrollo de la competitividad a través de la innovación y el fomento del Estado digitalizado.

Los resultados iban siendo alentadores ya que entre 2018 y 2019, un promedio semanal de 21 empresas
extranjeras eligieron Francia para realizar nuevas inversiones en la quinta economía mundial y el segundo mercado más grande de Europa.

Y decimos que “iban siendo alentadores” porque a partir de las incendiarias protestas de los “chalecos
amarillos”, las inversiones bajaron en 2019 de un ritmo del 1 % sobre el PIB en el tercer trimestre al 0,2 %
en el cuarto. En total, entre 2017 y 2918, las protestas ya le habían costado a Francia una caída del crecimiento
del 2,3% al 1,5%.

Prima facie, tal desbarajuste en lo económico y social es achacado a la tardanza en adoptar reformas que
algunos sectores políticos juzgan impostergables. El concepto de diplomacia económica para el desarrollo parece ser una herramienta eficiente si se la utiliza con eficiencia y sin factores exógenos que puedan comprometerla o enturbiar el panorama.

Ya se sabe: nada es más cobarde que el capital, muy espantadizo si no encuentra terreno amigable y seguridad jurídica para echar raíces. Ante la iniciativa de la Cancillería, es de desear que en la agenda paraguaya de esta iniciativa no surja alguna versión criolla de los chalecos amarillos.


Editorial