Capitalismo sanitario

Alberto Biglieri

Alberto Biglieri

Mientras pasamos otra fase de la cuarentena, les aconsejo tener a mano El Cementerio de Praga de Eco, para ojear cada vez que se nos cruzan las interminables teorías conspirativas que circulan alrededor del COVID. Desde la displicencia de la OMS en el control a los laboratorios hasta los 30 millones de celulares inactivos en China en estos últimos dos meses, todo está en el imaginario de los verbos en potencial que desde cualquier plataforma, aturden nuestros sentidos con especulaciones y fakes news.

Sin enrolarse en esas teorías, el recorte de Trump a los fondos para la OMS se instaló más en una reprimenda a la eficiencia o negligencia que a la sospecha sobre una conspiración contra la humanidad entre el PC Chino y los inspectores de aquella organización mundial. Mal asesorado y reacción de manual: no es nada personal, son solo negocios.

Hecha esa salvedad, he notado una cierta congruencia entre algunos hechos, informes y convenios del pasado que, impactarán en el futuro y por obvias razones comento a continuación.

Cita obligada a Thomas Friedman que nos permite destacar al año 2007 como uno de los más significativos de la era tecnológica. En “Gracias por llegar tarde” el triple Pulitzer lista la conjunción de hechos que ponen de relieve a ese año en el período que el fin de siglo acaparaba las luces. Fue en 2007 cuando Steve Jobs presentó el primer IPhone, y saltaron a la fama la utilización de códigos abiertos de diseño informático, la Kindle, Twiter, el sistema Android, la creación del Bitcoin, la Interconectividad de la nube, los microchips sin silicio, las energías limpias, Watson (IA) y la caída en picada del precio de costo de la secuenciación del ADN por persona para utilizarlo en biotecnología ( en 2001 secuenciar cada genoma humano costaba 100 millones de dólares, en 2007 inició la caída libre, para estar en unos 1000 dólares en 2015, llegando a cifras insignificantes en la actualidad) .

Todo en un mismo año. El mismo en el que se firmó la Declaración de la ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas. Ese documento tutela los derechos culturales originarios y es fuente de los reconocimientos que aceptó la OMC sobre las medicinas tradicionales y sus recursos genéticos. Tragicómico a esta altura, la misma fuente que tuteló el champagne.

Unos meses antes, en septiembre de 2006 Facebook se abrió al público, y por ese entonces en el Congreso norteamericano la discusión del presupuesto incluyó un informe que sostenía: “Cuanto más exactamente refleje el precio de un medicamento el valor que este tiene para los consumidores, más eficazmente dirigirá el sistema de mercado la inversión en investigación y desarrollo hacia medicamentos nuevos de interés social.”

Esta mención, y otras que considero de lectura esencial se encuentran disponibles en el sitio oficial de la Organización Mundial del Comercio (OMC). La autoridad comercial más poderosa del planeta, siempre reticente con mejorar las condiciones de la circulación de las materias primas de los países en desarrollo tendrá un rol preponderante en la salida de la pandemia. Salir implica medicamentos, vacunas, sueros y diagnósticos en los que los derechos de patentes deberán dejar paso a un capitalismo sanitario que, con su lógica de mercado, necesita la supervivencia activa de sus consumidores. Otra vez, nada personal, solo negocios.

Los documentos oficiales de la OMC reconocen un derecho a recibir participación en las ganancias a la medicina tradicional. En ese sentido China ha logrado imponer un reconocimiento económico a su milenaria cultura. El sitio oficial de la OMC reconoce que “El oseltamivir, por ejemplo, utilizado para tratar diversas infecciones gripales, se basa en el ácido siquímico, que se extrae del anís estrellado chino, una especia utilizada en la medicina china tradicional. Los tratamientos actuales contra el paludismo contienen derivados sintéticos de la artemisinina, que se extrae de una planta, el ajenjo dulce o Artemisia annua. Se trata de una antigua medicina china que aún se utiliza en la práctica moderna; se empleó para tratar a los soldados aquejados de paludismo en la guerra de Viet Nam y, gracias a una alianza internacional, a partir de ella se obtuvo un producto farmacéutico muy utilizado como antipalúdico”.

Suena a noticias de estos días, combinaciones efectivas de medicamentos contra la gripe y el paludismo.

Para completar este panorama de derecho económico, en el mismo documento se remite a los efectos del Convenio sobre la Diversidad Biológica y al Protocolo de Nagoya donde se reconoce la soberanía nacional de los recursos genéticos. Desde ahí hay un cambio en el enfoque y se reconocen derechos legítimos sobre la medicina tradicional, que esos conocimientos no son de dominio público y que los beneficios económicos y de otra índole derivados de la investigación y su desarrollo se comparten a lo largo de la línea de obtención de los productos, y debe asignarse una parte equitativa al origen o a la fuente de los materiales utilizados en la investigación (sic). A raíz de ello, la Comisión de Derechos de Propiedad Intelectual, Innovación y Salud Pública ha pedido que los beneficios derivados de los conocimientos tradicionales se compartan con las comunidades respectivas.

En conclusión, las amenazas contra China de Francia, USA, y el UK no son casuales. Pueden estar dispuestos a ceder sus derechos, pero sería inadmisible reconocérselos a los sospechosos principales de desatar la pandemia. Al menos si honramos la historia solidaria de la humanidad, deberíamos recordar que “la penicilina comenzó a producirse en grandes cantidades, en instalaciones del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, en 1939, 10 años después de que Alexander Fleming la descubriera. Posteriormente, se encargó a empresas farmacéuticas privadas que obtuvieran y comercializaran el medicamento. Llama la atención que ni la penicilina ni la sulfanilamida, que formaron la base de una generación de nuevos “medicamentos milagrosos” o “antibióticos”, fueron patentadas.”.

Otros reconocimientos se hicieron en estos días a la figura de Jonas Salk y su altruismo cuando no patentó la vacuna contra la polio. Un capitalismo sanitario que habíamos olvidado. El desarrollo de las armas contra el coronavirus debe quedar eximido de patentes y derechos que limiten el acceso a todos los rincones del mundo. Vengan de murciélagos chinos o de laboratorios multinacionales. La OMC tiene una oportunidad única de legitimar su vocación de autoridad mundial.


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