DECENCIA Y FUNCIÓN PÚBLICA

CRISTIAN NIELSEN

¿Es compatible la decencia con la función pública? Dicen que hubo un Presidente de la República del Paraguay, en los albores del siglo XX, que durante los rigurosos días de invierno iba a su despacho provisto de una manta para cubrir las piernas y un almo­hadón para evitar el frío del piso. Apiadado ante tan espartano sufrimiento, su secretario le quiso comprar una estufa. “¿La va a pagar usted? Porque el estado no tiene un peso para estufas” habría respondido el presiden­te. No sé que grado de veracidad pueda tener esta anécdota pero sirve para demostrar cómo, a lo largo de la historia, se equipara la decencia a los actos heroicos y que no robar sería un gesto elogiable y no exigible cuando de conducta en la función pública se trata.

Es aceptable, en el imaginario popular, que trabajando en la empresa privada todo a lo que se puede aspirar sea un salario mensual, un aguinaldo y tal vez una canasta de Navidad a fin de año. Pero que, llegado a la función pública, es comprensible que ese mismo ciudadano se comporte como un filibustero al abordaje, con hacha y puñal entre los dientes.

Esta figura delictiva arranca en el hecho de que, en la historia de la colonización española, el Estado ha sido entendido como un botín en manos de la Corona sobre el cual existe un derecho no escrito de apropiación. Filibustería pura y dura que, atravesando los siglos, ha llegado hasta nuestros días para encarnarse en la función pública. Lo vemos todos los días.