Nicolás Maduro aún no acusó recibo del mensaje

EL MERCOSUR INICIA UN PROCESO QUE PODRÍA SACAR A VENEZUELA DEL BLOQUE

Cada día viene con una nueva nube de gas pimienta y gases lacrimógenos en las calles de Caracas. El Gobierno autocrático del presidente Nicolás Maduro casi no ha modificado su comportamiento.
Puede que pareciera que las cosas habían cambiado cuando el Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela el mes pasado se viera obligado a revertir la decisión inconstitucional de asumir las competencias legislativas de la Asamblea. Pero Maduro ha seguido sofocando las protestas pacíficas contra su Gobierno. Por eso, dependerá de los vecinos de Venezuela restaurar la democracia, la estabilidad y la prosperidad en el país que tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo.
Estados Unidos, dado el rencor que despiertan tanto su dirigencia actual como su papel pasado en la región, sólo puede tener un papel limitado. El senador estadounidense Marco Rubio descubrió este hecho cuando amenazó a los Gobiernos de la República Dominicana y El Salvador con la reducción de la ayuda estadounidense si no votaban con Estados Unidos contra Venezuela en la Organización de Estados Americanos. Aquellos reaccionaron como era de esperar: con desdén.
Estados Unidos merece reconocimiento por la prudencia de haberse abstenido de solicitar la suspensión de Venezuela de la OEA. Para empezar, no tiene los votos necesarios para imponerse, y unas torpes amenazas no servirán para conseguirlos. Aun así, expulsar a Venezuela no resolverá los problemas del país. Es mejor mantenerla sometida a la creciente influencia regional con una amenaza creíble de expulsión que penda sobre la cabeza de Maduro.
Veinte miembros de la OEA han dejado en claro en dos reuniones consecutivas que están decididos a pedir a Venezuela una rendición de cuentas y presionarla para que restaure la democracia. Es más, Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay han iniciado un proceso que podría sacar a Venezuela del bloque comercial del Mercosur.
México, que será la sede de la Asamblea General de la OEA en junio, también está desempeñando un papel constructivo (otra razón, si es que hiciera falta alguna, para que el presidente Donald Trump revea su hostigamiento al vecino sureño de Estados Unidos). Una diplomacia más enérgica de Estados Unidos —implementada por funcionarios confirmados, no por suplentes— también sería útil. Y cortejar a los países del Caribe dispuestos a renunciar al petróleo venezolano subsidiado también rendiría dividendos diplomáticos para Estados Unidos fuera del hemisferio.
El caos económico cada vez más profundo y la represión cada vez más dura de Venezuela exigen una respuesta, aunque más no sea por la creciente carga que imponen a sus vecinos. Los presos políticos deberían ser liberados; deben celebrarse elecciones largamente demoradas; y se debe recuperar la integridad de las instituciones.
Basado en su dura historia, el hemisferio desde hace mucho sostiene que solamente se puede ayudar para propiciar este tipo de cambios, no se los puede imponer. Ahora debe demostrar que este enfoque puede funcionar mejor que otros ensayados con frecuencia.