De nuevo el Estado como botín de Guerra

Mientras Brasil y Argentina se llevan el 65 y el 92% de la energía de Itaipú y Yacyretá, políticos mediocres y codiciosos nos obligan a conformarnos con migajas.

Provoca hartazgo tener que abordar, con tanta frecuencia, la manera como los políticos con­vierten al Estado en un botín de guerra y a la ciu­dadanía en rehén de sus ambiciones desbordadas de bulimia por el dinero.

Aún no ha inaugurado el nuevo Gobierno su periodo constitucional –le faltan 28 días para hacerlo- y ya asistimos a escenas de reparto que provocan náuseas, por­que nos hacen recordar cómo, a través de esta interminable transición política, hemos tenido que comparar al Para­guay con la isla de la Tortuga en la cual los filibusteros se repartían los tesoros saqueados durante sangrientos episodios de piratería.

Ahora se han puesto en primer plano las dos binacionales, las vacas lecheras de camadas enteras de políticos de ocasión. Allí van a parar los rebotados de otras dignidades a las que no pudieron llegar. Son el “premio consuelo”, que se concede cuando el candidato no reúne otros requisitos –suficiente obsecuencia, incondicio­nalismo asegurado, obe­diencia debida- más que arrastrar algún caudal de seguidores cotizables el día de elecciones.

Cómo no va a producir repulsión el panorama que se presenta en Itaipú y Yacyretá.

Mientras Brasil y Argen­tina se llevan, respecti­vamente, el 65 y el 92% de la energía que produ­cen las dos usinas y la vuelcan en el desarrollo de sus economías, en el Paraguay, una retahíla de políticos mediocres y codiciosos se conforma con morder los restos de la torta, asegurán­dose su bienestar, el de su familia y el de sus paniaguados de turno.

Esa es la figura que nos cabe: la de una colonia de termitas intentando carcomer, con poco éxito, el gran madero de las dos entidades.

Mientras, nuestros vecinos se llevan el verdadero producto para el cual fueron pensadas: energía para el desarrollo y la compe­titividad. Les cabe otro calificativo: miserables.

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