“Dios, patria y familia”

Su invocación desató en Latinoamérica el peor de los infiernos.

Por Cristian Nielsen 

Hay dos posibilidades. O el inminente gobernador de Central ignora las con­notaciones de la frase; o bien las conoce y fue a invocarla en el vientre mismo del dragón. Hablar de Dios, patria y familia en el patio central del Colegio Militar, ante el cuerpo de cadetes y cuadrado como si fuera un cabo furriel es, además de ridículo y extemporáneo, la fotografía escalofri­ante de un pasado demasiado reciente, en los días en que el partido, las fuerzas armadas y el “único líder” mandaban sobre vida y hacienda de los paraguayos.

Cuando llega a un cargo político de relevancia, un hombre debe saber cuántos demonios puede liberar con una frase. La triada dialéctica del título, de corte netamente fascista, fue la puerta de entrada a un infierno que imperó en América Latina por varias décadas.

Se incubó en el Colegio Interamericano de Defensa, creado en los años ’50 en Washington y por el que pasaron muchos de los más sanguinarios militares latinoamer­icanos encargados de aplicar la “doctrina de la seguridad nacional”. Con la excusa de luchar contra el “comunismo ateo, apátrida y materialista”, todos los países situados al sur del rio Grande sufrieron dictaduras con diversos grados de salvajismo que cancelaron todas las libertades mediante la persecución, la tortura, el asesinato y la desaparición masiva de personas. Todo político con licencia del dictador hablaba de Dios, patria y familia en sus discursos obsecuentes y genuflexos. Los hemos tenido que soportar aquí, en el Paraguay, durante más de tres décadas, en un asfixiante clima de sumisión a las botas y las charreteras.

Desde 1989 y, sobre todo, desde 1992, somos –y sólo de nosotros depende seguir siéndolo- una sociedad libre, un Estado laico y una República regida por la Constitución, en la que los militares se cuadran ante el poder constitucional y no al revés, como estultamente ha dejado documentado el gobernador de marras.

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