Dreamers

OPINIÓN | BENJAMÍN FERNÁNDEZ BoGADo

 

Así le denominan en inglés a los hijos de los inmigrantes que ingresaron de manera ilegal a los EEUU y sobre los cuales pesa la posibilidad cierta que el gobierno de Trump termine por deportarlos o ser parte de una pieza de negociación con los demócratas en el mejor de los casos. Son millones y han hecho su vida en ese país que acoge por sus características de melting pot a los que buscan alcanzar “el sueño americano”.

 

Las cosas, sin embargo, han cambiado desde que subió Trump a la presidencia y el país abierto se está transformando en un uno de muros y de miedos. En el medio de ellos los dreamers (soñadores) que tienen un status híbrido que supone miles de temores para quienes están en esa condición. Muchos son mexicanos y por primera vez he visto en este país una mirada autocrítica en torno a los millones que decidieron marcharse al vecino del norte por carecer de oportunidades y posibilidades. Incluso ahora están pensando en un programa nacional de acogida a sus compatriotas y no faltan quienes especulan sobre el impacto positivo que tendrán sobre la economía del país.

 

En el fondo es por demás oportuno preguntarnos: ¿por qué siendo tan pocos los latinoamericanos, con grandes recursos económicos y materiales dispuestos para que alcancen a todos somos un sub continente tan desigual, violento y expulsador de su población? ¿Si uno puede vivir en mejores condiciones en su país de origen en términos teóricos, sin embargo, arriesgan sus vidas y sobreviven con lo que pueden en naciones como España o Estados Unidos? La respuesta está en los pésimos gobiernos que hemos tenido que se llenaron la boca de retórica nacionalista hueca y mentirosa antes de concentrar esfuerzos para reducir las inequidades, aumentar las oportunidades y hacer que la gente no tenga que buscar afuera lo que puede tener adentro. Los dreamers son una potente voz de repudio a la calidad de gobiernos que hemos tenido en América Latina y votaron con los pies para optar por la inmigración hacia otros territorios. Es el fracaso más grande y evidente de la política regional. Los gobiernos no fueron capaces de crear oportunidades para su población disuadiendo con ello los intentos de abandonar su tierra con los graves costos que esto sugiere en casi todos los casos.

 

Los soñadores son nuestro problema y una pérdida de oportunidades también para los norteamericanos, pero eso es un asunto de ellos. Deberíamos luego de una profunda autocrítica asumir políticas públicas que promuevan la permanencia de nuestros connacionales en nuestro territorio y no ufanarnos de las remesas de dinero que son remitidas desde sus países de acogida. Nos deberían avergonzar esas cifras y lo que implica incluso en términos de sacrificio para el emisor y la situación de sus familias en sus naciones de origen.

 

No cuesta mucho soñar en una América Latina que tuvo precios de materias primas y de petróleo por encima de los 100 dólares el barril y hoy no pueden responder a requerimientos básicos de alimentación, educación y salud como acontece en Venezuela. Esta presencia de millones de indocumentados al borde de la deportación es la condena más contundente y rotunda de unas administraciones que, además de no asumir sus responsabilidades propias, buscan endilgar sus fracasos a los gobiernos de los países de acogida. Estos manejan sus propios intereses como tendríamos que haberlo hecho nosotros. Hemos fracasado y los dreamers son una clara muestra de ello.

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