Emprendedores y el Derecho

Alejandro Piera
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Impulsado por el sostenido crecimiento macroeconómico de la última década, el país ha experimentado en los últimos años un auge emprendedor sin antecedentes en épocas pasadas. Con mayor frecuencia observamos nuevos emprendimientos en diversos rubros de la economía, tanto para la elaboración de novedosos productos como en la prestación de los más variados servicios. La exportación de productos y servicios se encuentra en franco crecimiento. Nuestros jóvenes se atreven a explorar rubros no tradicionales. Mayoritariamente dichos emprendimientos son llevados adelante por un grupo de emprendedores que por lo general cuentan con 25 a 35 años. Éstos se caracterizan por ser más audaces, arriesgados, desafiantes, flexibles para adaptarse a los cambios, con menor temor al fracaso, ciertamente mucho más creativos y propensos a innovar, pero también mucho menos tolerantes a los procesos burocráticos – al menos si los comparamos a sus antecesores de décadas pasadas.

 

Históricamente, el clima político, económico y cultural imperante en el país no favoreció el desarrollo de las actividades de los emprendedores. Basta recordar que la dictadura intentó por todos los medios crear un adoctrinamiento mental donde toda forma de disenso y pensamiento crítico, eran severamente reprimidos. Lo que se premiaba era la actitud servil. Dentro de este contexto, las actividades culturales – aquellas que no enaltecían el ego y conllevaban el alago falso de las autoridades de turno – no tenían espacio. Aunque indudablemente hubo notables excepciones (e.g. Augusto Roa Bastos, Elvio Romero), el ambiente era, por lo general, extremadamente nocivo para fomentar la creatividad individual y más aún social. Todo lo contrario, salirse del molde era visto como peligroso para el régimen de turno. Estas condiciones explican en gran medida el por qué gran parte de la economía de la época se basaban en actividades como la importación, la triangulación o el contrabando de productos, ya que era mucho más importante estar cerca del poder y obtener la bendición de la cúpula que animarse a emprender e innovar en sectores donde el riesgo empresarial era mucho mayor.

 

Con el advenimiento democrático en 1989 y el mejoramiento gradual de la economía, las cosas empezaron paulatinamente a cambiar. Aunque su desarrollo en el Paraguay ha sido mucho más lento que en otros países de la región, Internet ha sido indudablemente un gran facilitador de información, permitiendo que nuestros emprendedores tengan acceso con mayor facilidad a las nuevas tendencias mundiales. Internet ha nivelado el campo de juego. A esto también hay que sumarle el alto porcentaje de población joven del país. A pesar de que hemos sido incapaces de desarrollar políticas públicas específicas tendientes a acelerar su desarrollo, es innegable que el auge de emprendedores se encuentra en franco crecimiento. Sin embargo, este fortalecimiento del quehacer de los emprendedores presenta profundos desafíos para rubros tradicionales e históricamente conservadores. Uno de ellos es el derecho.

 

A los nuevos emprendedores les cuesta muchísimo entender la disociación existente entre un mundo cada vez más globalizado y cambiante con un marco jurídico nacional anclado en el pasado, con reglas inmutables, formalistas y extremadamente inflexibles para copar con los nuevos tiempos. Los emprendedores viven en un ambiente online, donde realizar transacciones de comercio electrónico es algo de todos los días. Las confirmaciones transaccionales vía correo electrónico son habituales. La utilización de las más diversas aplicaciones en los llamados “smart phones” es algo rutinario. Gracias a Internet y a las redes sociales, los emprendedores acceden a información de los mercados más sofisticados con mucha mayor facilidad. Los emprendedores buscan innovar y llevar sus proyectos con mucha mayor fuerza. Sin embargo, el marco jurídico, salvo notables excepciones, se apega a las formas, a las copias, a las certificaciones notariales, a la registración física de actos y a un marcado ritualismo que incrementa notablemente los costos transaccionales.

 

Los emprendedores observan con suma preocupación la inercia a introducir cambios en el marco normativo actual, el cual se encuentra desfasado con una realidad empresarial absolutamente distinta. Asimismo, los emprendedores jóvenes ven con muchísimo asombro lo difícil que es volverse formal, cuando los vehículos societarios disponibles son extremadamente conservadores y costosos. Pensemos por ejemplo en dos jóvenes diseñadores de software que inician sus actividades desde su propio domicilio (e.g. garage start-up), sin mucho capital más que sus conocimientos. Estos jóvenes pensarán “invertimos en el negocio o invertimos en papeles”? Para dichos jóvenes, el volverse formal en el Paraguay les será extremadamente costoso y a sus ojos hasta contraproducente, ya que no existe un proceso simplificado en cuanto a constitución de sociedades, obtención de patente y registro único del contribuyente. Esto ya es corriente en numerosas jurisdicciones. Por otro lado, a la fecha el Paraguay sigue sin reconocer las sociedades con un único socio. El sistema de los registros públicos es no solo burocrático, sino extremadamente lento con costos transacciones altísimos. Registrar un poder y obtener un certificado de vigencia del mismo es una tarea titánica. No caben dudas que el marco jurídico precisa un urgente aggiornamiento.

 

Otro problema con el que tropiezan los jóvenes emprendedores radica en encontrar asesoramiento jurídico adecuado. A los emprendedores les sorprende las grandes dificultades que experimentamos los abogados (incluso los jóvenes) en comprender las necesidades y las expectativas específicas de un sector cada vez más dinámico, ávido de soluciones creativas e innovadores. Este sector no precisa necesariamente escuchar una letanía de formalismo y rigidez jurídica que en muchos casos dificulta el desarrollo de nuevos negocios. Por ende, en muchos casos, los emprendedores ven en los abogados verdaderos mata-negocios.

 

La disociación existente entre el mundo de los emprendedores y la abogacía tiene varias causas. Abordaremos por lo menos dos de ellas. Una radica en el hecho de que en el Paraguay la instrucción del derecho es un proceso estrictamente dogmático, con escaso lugar para la innovación y la creatividad. Gran parte de los programas de estudio no han sido actualizados en varias décadas. El abogado egresa con una formación académica anclada en los 60 / 70. Con esa formación tiene que lidiar con los denominados “emprendedores millennials”, quienes tienen una mentalidad de siglo XXI. Además, por lo general, debido a la instrucción que ha recibido, el joven que se recibe de abogado considera que solamente existen dos ramas del derecho: penal y civil. Las otras áreas de práctica o no existen o no tienen aplicación práctica en el país. Existe poco énfasis en las ramas relativas al derecho empresarial. De ahí que no sorprenda que al joven abogado le cueste entender el mundo empresarial. No fue preparado para ello.

 

Otra de las causas que podría explicar de alguna manera la desconexión entre los emprendedores jóvenes y los abogados hace relación al propio sistema jurídico que ha reinado en el país por varias décadas. Las formas, el ritualismo, la inflexibilidad del marco jurídico constituyen hechos cotidianos con los cuales los emprendedores se ven enfrentados todos los días. Aunque en los últimos años se han realizado varias actualizaciones, por lo general al país le cuesta mucho modificar el marco jurídico de tal manera que facilite no solamente la atracción de inversión extranjera, sino cambios que promuevan un mejor clima de negocios a través de los cuales sea simplemente más sencillo para los emprendedores nacionales y extranjeros llevar adelante sus iniciativas.

La experiencia mundial demuestra que los emprendedores juegan un rol vital en la implementación de nuevos proyectos. En muchos casos los emprendedores constituyen focos de creatividad e innovación – elementos que el país necesita con suma urgencia, al menos si es que alguna vez quiere cambiar su histórico modelo económico basado casi en forma exclusiva en la agricultura y la ganadería. Ahora bien, para potenciar las actividades de los emprendedores es indudable que precisamos urgentemente la implementación de políticas públicas específicas hechas a medida para el sector. Los abogados podemos contribuir y potenciar significativamente al desarrollo de las actividades de los emprendedores, pero para ello necesitamos un profundo cambio en nuestra formación y en la manera tradicional de ejercer nuestra profesión. Precisamos comprender mucho mejor los negocios de los emprendedores, así como sus necesidades y requerimientos específicos. Si así lo hacemos, como gremio habremos contribuido superlativamente al desarrollo económico y social del país.

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