La explicación de los resultados, sin conocer todas las causas (IV)

A continuación se presen­ta la cuarta, de las cinco perspectivas, sobre el escenario pos-electoral, la victoria de la ANR y la derrota de la Alianza Ganar.

La “teoría de los juegos” de John Nash: “la mejor decisión indivi­dual es la peor grupal”.

Al observar la composición de las cámaras del Legislativo, no es que la ANR ganó por goleada. En realidad, la oposición perdió por negligente. En especial aquella representada por los sectores progresistas e independientes. Las razones son variadas. La opo­sición sabía que la baja participa­ción no le convenía. Y no logró movilizar a la gente haciéndola salir a votar. Varios son los facto­res claves. En primer lugar, la baja participación, apenas del 65 %. En segundo lugar, la abstención de los millennials, de los 900 mil jóvenes que votaban por primera vez, sólo votó algo así como el 19 %. En tercer lugar, la escasa inte­gración de las listas de la tercera fuerza, los progresistas, con un sistema D‘Hont que castiga a los que corren solos. El Partido Co­lorado logró el abrazo republica­no, y su lista legislativa alcanzó mejores resultados. Lo mismo se puede decir del PLRA. El bi­partidismo se ha consolidado de nuevo.

Como decía Nietzsche, el Para­guay es la tierra del eterno retor­no. La ANR obtuvo para sena­dores, un total de 748 mil votos,

lo que representa a 17 bancas; el PLRA logró 558 mil votos y con eso pudo acceder a 13 bancas. El Frente Guazú con 269 mil votos pudo meter a 6 senadores, dando inicio a la bancada opositora fue­ra del bipartidismo. El PDP logró casi 84 mil votos pudiendo meter a 2 senadores. Finalmente, 276 mil votos fueron desperdiciados, entre 21 movimientos indepen­dientes y progresistas, que no lograron ponerse de acuerdo. Su­mando todos estos votos, los del FG, PDP y los votos desperdicia­dos, se habría logrado un total de 630 mil votos aproximadamente. Convirtiendo a la oposición pro­gresista e independiente, en la segunda bancada más votada del país.

En las elecciones presidenciales, la oposición llegaba unida en las candidaturas a Presidente y Vice. Era un hecho inédito, comparan­do con 2013 cuando se presenta­ron con 3 listas presidenciales. En cuanto a las listas legislativas, en especial para Senadores, el modelo debería seguir la misma lógica. Era improbable pero no es imposible. No era una idea ori­ginal, pero el escenario del 2018 otorgaba una mayor relevancia a la propuesta. Además, la lista uni­ficada iba a dar mayor poder para gobernar. Hasta la derecha enten­día de esa estrategia. Ejemplo en el Argentina: Lilita Carrió quien era una eterna relegada protesto­na, se unió a Macri. Massa que te­nía buena imagen de político con buena administración, no se unió a Cristina en el bloque legislativo y, quedó relegado.

Habría que considerar tam­bién, que, aparentemente, en forma deliberada, el gobierno del Nuevo Rum­bo, habría habilitado a la mayor cantidad de grupos políticos para competir y erosionar en grupos que lograran pocos miles de votos, el caudal electoral de la oposición fuera del bipar­tidismo. Hubo un archipié­lago de grupos autorizados a competir para listas testi­moniales con el okay de la Justicia Electoral, cartista. La lista unificada de la opo­sición (sin el PLRA) de bajo costo y alto impacto debió haber sido la respuesta. La selección nacional de los Senadores anti “nuevo rum­bo”. Los que iban a cambiar la matriz productiva del Paraguay. Los que iban a devolver al Estado su natu­raleza pública. Los que iban a dar de comer al millón de paraguayos que pasan hambre todos los días. Los que iban a recuperar la so­beranía en Itaipú y Yacyre­tá. Aunque no se unían por coincidencias totales entre sí, lo hacían en contra de la continuidad del régimen cartista que había compra­do al Estado paraguayo.

Como anticipaba John Nash (desconocido por los progresistas), la “mejor de­cisión individual” de cada grupo que no pudo llegar a los votos necesarios para meter un senador, fue la “peor decisión grupal”. Una constelación de personali­dades figurativas, cada una representando a la “pureza química” de la oposición progresista, se quedó sin el pan y sin la torta.

Si se hubieran unido, se ga­rantizaba que entren todos los números uno e incluso dos de cada grupo princi­pal, partido o movimiento. Desde Fernando Lugo a la cabeza hasta Lilian Soto de Kuñá Pyrendá. Los mejores y los primeros de las N listas podrán estar en la Cámara de Senadores. Era la única forma de dar gobernabili­dad al Presidente opositor que lograría triunfar en las elecciones. No se unieron porque no se tenían fe, no confiaban en la propia victoria de la oposición, porque no tienen vocación de poder, y no se tienen to­lerancia mutua.

Una hoguera de vanidades terminó por aniquilarlos.

Se aseguraba que entren todos, los mejores, los más combativos, los más repre­sentativos y los mejores oradores. Evitaba que se pierdan o se malgasten vo­tos de la ciudadanía en la multiplicidad de listas que no lograron finalmente ca­pitalizar todo el potencial cualitativo de sus primeros lugares. Valorizaba (daba valor) al voto opositor. Era como decirle a la masa críti­ca progresista, el electorado independiente pensante: tu voto vale. Era un mensa­je al partido colorado y a la ciudadanía: esta vez es en serio, queremos un nuevo pacto social.

Un nuevo contrato social: un pacto político, econó­mico, social y fiscal para reimaginar la democracia, devolver al Estado su na­turaleza pública y mejorar la calidad gerencial del gobierno. El adversario tendría miedo. El control electoral en el día D se iba a hacer más eficiente. El candidato a Presidente ten­dría una campaña menos atomizada, un esfuerzo menor, de tener que dividir su tiempo limitado, para acompañar a cada una de las N listas que intentaron lograr bancas en Senado­res, y un foco mayor, para ganar al adversario.

Era una propuesta objetiva y racional. Matemática­mente era imbatible. Se de­bía haber hecho el cálculo de bancas de senadores, perdidas en las listas opo­sitoras en las elecciones an­teriores, y se podría probar que la teoría de los juegos, de John Nash, el ganar-ganar, el ceder para ganar, y poder romper el dilema de los prisioneros cooperando entre sí, funciona.

Al final de cuentas, la mejor decisión individual de cada grupo, resultó ser, la peor grupal.

Las listas Frente Guazu, PDP, Avancemos, Encuen­tro Nacional, PRF, Giuzzio, etc. No se pusieron de acuerdo, y así les fue. Si las ‘N’ listas de senadores de la oposición (exceptuando al PLRA) se presentaban por separado, como ocurrió, no se iba a llegar al óptimo ideal de beneficios para to­dos.

El equilibrio de Nash dice que comportamientos cooperativos superan matemáticamente a las opciones de colisión, o de competir cada una de las listas en forma separada. El equilibrio medio de Nash es un concepto de solución en el que todos los jugadores (las listas de senadores que compiten en el sistema D Hont), pueden maximizar sus ganancias dado que ninguno de los actores o listas de senadores, puede tener incentivos para hacer cambios individuales en el juego electoral, a su favor, sin que todos pierdan escaños. El “juego” es la interacción entre dos o más partes y depende de que la gente actúe racionalmente, consciente de los límites del “juego” (las bancas para Senadores son limitadas, y el sistema D Hontt castiga racionalmente a la dispersión de listas y premia deliberadamente a las listas unificadas, mismo que sea dentro de un grupo de jugadores egoístas).

Se supone que todas las partes conocen las reglas de cómo se calcula el ingreso de los senadores dentro del sistema D Hont. Estas interacciones estratégicas forman el punto crucial de la Teoría de los Juegos. A veces la usamos conscientemente y otras  veces intuitivamente.

Incluso si los políticos no razonaban conscientemente sobre las estrategias que estaban usando, otras fuerzas, como la evolución o la experiencia de errores pasados (sólo basta observar la cantidad de bancas perdidas en elecciones pasadas cuando cada grupo se presentó por separado), se suponía que debían cambiar el hábito de correr por separado, cada uno con su propia lista sábana, sino que deberían comportarse como si fueran jugadores fríamente racionales. O es lo que se esperaba.

Pero no sucedió así, y atomizados no lograron entrar. Ahora bien, la teoría planteada que se le ofrecía a Fernando Lugo, Rafael Filizzola, Adolfo Ferreiro y Sixto Pereira, entre otros (aunque no se aguanten ni se puedan ver) – ideada por Nash, Neumann y Morgenstern – concluye justamente en lo contrario: el interés individual, el egoísmo y la racionalidad a la hora de presentar las candidaturas por medio de listas de grupos por separado, conducen a los seres humanos a una situación no óptima. Existía y existe en este concepto un modelo colectivista político que debían capitalizar. Si no lo usaban, hasta caerían en una especie de herejía ideológica fundamental. Y así les fue.

Esta es la idea esencial de Nash al definir el concepto de equilibrio en su tesis doctoral de Matemáticas en la Universidad de Princeton: existe el equilibrio dentro de un juego, cuando surge un acuerdo (lista unificada de senadores progresistas e independientes) que permite que ninguna de las partes puede romper a discreción la disputa de votos, sin perderlos. Es decir, si alguien quiere romper el pacto y lo hace unilateralmente, se arriesga a ganar por debajo de lo que hubiese ganado dentro del pacto (la lista unificada).

Finalmente, tal como puede verse, los opositores no bipartidistas se arriesgaron, yendo cada uno por su lado,  y quedaron por debajo de sus posibilidades.

Brutal. Predeciblemente irracionales.

Mañana presentaremos la regresión al promedio, de una sociedad conservadora.

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