LECCIONES APRENDIDAS

BENJAMÍN FERNÁNDEZ BOGADO DESDE SEÚL (COREA DEL SUR)

 Una semana en este país me de­mostró varias cosas. Una, que es posible emerger de los más profundos abismos en un tiempo mas corto que el que uno cree. Dos, que desde las grandes desgracias es posible sacar lecciones que proyecten una idea colectiva y tres, que la tragedia no es el destino trazado para nadie. Corea viene de una devastadora experiencia bélica que la dividió en dos. Aquí en Busan es posible observar aun la memoria de esa guerra que arrancó en 1950 y no acabó hasta el fin del armisticio aunque no del conflicto en 1953. No ha habido un acuerdo de paz, solo el fin del conflicto formal si así se le puede llamar al status actual.

En esa guerra que movilizó a las fuerzas de los dos países mas un contingente ex­tranjero de casi dos millones de soldados y en la que murieron 40 mil de los comba­tientes de 16 países entre los cuales solo los americanos con el mítico Gral. Mac Arthur al frente contribuyeron con 36 mil. De los países latinoamericanos, los colombianos aportaron hombres y muertos. La suma de bajas superó los 500 mil y el conflicto estuvo envuelto en la guerra fría que co­menzaba a emerger luego de finalizada la segunda guerra mundial.

Para colmo de males este país venía de una humillante y vejatoria ocupación japonesa de 36 años que solo acabó porque este país estuvo entre los derrotados por los aliados. O sea que por Corea pasó todo lo que po­dría imaginarse en un pueblo hambreado, humillado, herido y mutilado. Todo eso ocurrió hace menos de 100 años. Nosotros aún no nos recuperamos de la Guerra del 70 del siglo XIX. Aquí la historia les enseñó que tienen que estar listos para el conflicto pero con una actitud y condición diferen­tes. Esta abigarrada urbe de Busan que es el centro portuario más importante del país y uno de las referencias de comercialización más vitales del mundo, fue el sitio elegido por los que liberaron esta nación. Aho­ra con sus casi 4 millones de habitantes muestra su vitalidad desde una poderosa industria del cine hasta los sofisticados astilleros pasando por un centro comercial y turístico que no reniega de nada ni de na­die. Los coreanos se juegan su destino en un comercio agresivo y en un mejoramien­to de la calidad de sus productos.

Las incubadoras de negocios están en to­dos lados contribuyendo el sector público y privado para dicho propósito. Una an­tigua textilera en Daegu es el sitio donde el sector público con la Samsung forman a los futuros empresarios. Un diseñador de sombrillas eficientes y manejadas por bluetooth nos ofrece su producto de 40 dólares asegurándonos que la misma no se pierde, resiste más que las demás y ade­más que es inteligente. Otro nos ofrece un enjuague bucal diferente y otro más una forma de pago inteligente para jóvenes con problemas en el manejo del dinero. Son cientos que aprenden a cómo iniciar empresas, patentar inventos y meterse a la producción.

El arte se entrecruza con los negocios for­males y de ellos aprende y enseña. Corta transversalmente todo lo que se hace aportando imaginación y diseño. De esto se nutre la industria automotriz y varios otros productos manufacturados que te­nían serios inconvenientes en ese campo no hace mucho tiempo.

Los coreanos aprendieron que quejar­se y esperar que cambien las cosas no los sacaría jamás de la pobreza. Salta­ron de los miserables 100 dólares des­pués de la guerra del ´53 a los casi 30 mil de hoy y van por más. La historia es la madre que enseña lo que no debe repetirse pero la gran fuerza que los mueve es hoy el futuro.

Tanto por aprender para nosotros pero por sobre todo acabar con el senti­miento trágico que nos atrasa y acaba con nuestro escaso orgullo de Nación.

No es mala idea venir y aprender de ellos. Si solo pudiéramos sentir la necesidad de acabar con nuestras formas atávicas habre­mos hecho una gran diferencia.

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