Obstrucción, corrupción

Pocas veces en la historia contemporánea se alinearon los planetas de semejante manera. Dos de las primeras diez economías del mundo tienen a sus presidentes al borde de la cancelación de sus mandatos vía juicio político. Estados Unidos, que concentra el 25% del Producto Interno Bruto mundial, experimenta un auténtico terremoto político y financiero al adjudicársele al presidente Donald Trump haber entregado alegremente a Rusia información ultrasecreta sobre el Estado Islámico, dossier –vale la pena agregar- confeccionado en gran parte con datos de la inteligencia israelí. Brasil, la novena economía mundial, va camino a sentar al presidente Michel Temer en el banquillo de los acusados al difundirse la existencia de supuestas grabaciones en las que el mandatario exigiría a una poderosa industria de alimentos ser agente de pago de crecidas coimas. Dos casos extremos con características propias.

Se afirma que Trump no sólo ha entregado a la otrora archienemiga Rusia datos que se manejan en círculos muy cerrados de la inteligencia norteamericana –la CIA y la Agencia Nacional de Seguridad- sino que además se habría interpuesto en una investigación abierta por la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) sobre la supuesta operación de la inteligencia rusa a favor de la campaña electoral de Trump. Como el hoy ex director de la agencia, James Comey, se habría negado a cerrar el caso, Trump lo echó del cargo. Aunque todavía no se ha iniciado el proceso de impeachment (juicio político), el presidente podría enfrentar los cargos de traición y obstrucción a la justicia, figuras contempladas en el artículo segundo de la Constitución. El caso brasileño es mucho más retorcido.
Temer llegó a la Presidencia cuando Dilma Rousseff fue destituida por el Congreso acusada de manipular el Presupuesto General.  El “impeachment” fue promovido por el entonces presidente de los Diputados, Eduardo Cunha, quien después sería procesado por la justicia federal por corrupción y lavado de dinero. Con Cunha en la cárcel y Temer en la Presidencia, el escándalo se destapa cuando un directivo de la multinacional de la carne JBS –Joesley Batista, quien colabora con la justicia a través de un “acuerdo de delación premiada”- afirma que Temer le ordenó entregar gruesas sumas de dinero para que Cunha y otros procesados mantengan la boca cerrada y no lo involucren en maniobras dolosas. Entre estas se citan el “mensalao” (sobornos a legisladores), el “lavajato” (lavado de dinero) y el “petrolao” (corrupción en Petrobras), tres causas que envuelven miles de millones de dólares y comprometen masivamente a figuras políticas de primer orden en Brasil. El escándalo Odebrecht sería la frutilla de la torta.
En Estados Unidos, mentir bajo juramento y obstruir a la justicia son delitos que han acabado con más de una carrera política; Richard Nixon y el escándalo del Watergate son un caso paradigmático. En Brasil, la corrupción parece no causar efecto, tanto que si mañana se hicieran nuevas elecciones, Lula estaría entre los candidatos preferidos con el 33% de intención de voto.

Diferencias aparte, son dos gigantes que tiemblan hoy sobre sus pies a la espera de un desenlace que, por donde se lo imagine, será desastroso para dos naciones líderes.

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